Prometí que pasaría de vez en cuando para dejaros algún regalo en forma de cuento o poesía,y aquí estoy, para cumplir con mi palabra. Espero que os guste. Un beso a todos.
Ruth, sentada en el banco del pequeño del pequeño jardín trasero de su casa, miraba a Jason mientras este trabajaba afanándose por limpiar de malas hierbas los parterres repletos de rosas. Pronto llegaría la Fiesta de Primavera, y sería el momento de arrancar las flores y venderlas en el pueblo.
La madre de Ruth, Sofía, había ido al pueblo como cada día para vender la leche que habían ordeñado por la madrugada y no volvería hasta dentro de un buen rato. La leche de las vacas y el pequeño huerto era lo único que tenían para sobrevivir desde que Mauro, el padre de Ruth, murió en una trifulca idiota en la taberna del pueblo, cuando dos soldados del marques pelearon por quién sabe qué y lo pillaron a él en medio, matándole de dos cuchilladas.
El marqués había lamentado mucho la muerte del herrero Mauro, un hombre grande, fuerte y bueno, con unas manos maravillosas que lo arreglaban casi todo, por lo menos eso dijo cuando las echó de la herrería diciéndoles que aquel era el hogar del nuevo herrero que llegaría en dos días y que ella, sin Mauro, ya no pintaban nada allí, que eran un estorbo y que debían irse. Les dio una bolsa con monedas de cobre, una minucia en compensación por la perdida de su hogar, pero suficiente para alquilar la granja y comprar las vacas. Jason, que entonces era un chiquillo de 14 años, era el aprendiz de Mauro y también se fue con ellas; al fin y al cabo el trabajo en la fragua lo había convertido en un muchacho robusto y fuerte y ellas necesitarían las manos de un hombre para ayudar en la granja, y como el nuevo herrero traía su propio aprendiz, él no tenía sitio ya en aquella casa, ni dinero para pagar a otro maestro herrero que le enseñase -Mauro lo acogió sin cobrarle, en contra de las costumbres de la época-.
Jason era muy joven cuando llegó a aquella casa. Con siete años, habían matado a su familia cuando viajaban a casa de unos parientes, y Mauro lo encontró escondido entre las malezas del borde del camino, sentado, abrazado a sus propias rodillas, terriblemente quieto y con la mirada perdida.. El herrero tuvo piedad de aquel niño y lo acogió bajo su techo con el beneplácito de su esposa Sofía.
Los primeros días fue como si Jason no estuviese allí. Se pasaba el día metido en su jergón, tapado con la manta, haciendo ruiditos que Sofía interpretaba como sollozos. Fue Ruth, con cuatro añitos en ese entonces, la que consiguió romper la burbuja de dolor y tristeza con la que se había rodeado al ofrecerle con una sonrisa uno de los dos caramelos que su padre le había traído.
Con el tiempo, Jason se adaptó a su nueva familia, les cogió cariño de verdad y aunque nunca se atrevió a llamarles padre y madre, les quería como si lo fueran.
Aunque con Ruth era distinto. Habían crecido juntos, si -¡y de que forma había crecido ella!- y al mirarla debería ver a una hermana, pero... Esa niña que le tendió una mano en forma de caramelo cuando él más lo necesitaba, se había convertido en una mujer que lo volvía loco. Por las noches, con sus lechos separados solo por una cortina, podía birla respirar y moverse dentro de su cama, y su deseo se encendía de tal forma que a veces no le quedaba más remedio que salir para darse un chapuzón en las frías aguas del riachuelo que discurría placidamente cerca de la casa. A veces se sentía culpable por esos sentimientos incontrolados, porque, se decía, al mirar a Ruth debería ver a una hermana y no a una mujer de pechos apetecibles a los que gustaría llenar de besos... En otras ocasiones le tapaba la boca a su conciencia diciéndose que no eran nada, que su vinculo no era fraternal realmente, que la sangre que corría por sus venas no era la misma y que no había nada malo en pensar en ella mientras su mano derecha trabajaba afanosamente para descargarle la tensión...
Culpable o inocente. En eso estaba mientras limpiaba de hierbajos los parterres y arreglaba la valla de alambre que mantenía a los animales alejados de los rosales. Sentía la mirada de Ruth fija en su espalda desnuda y pensar tan siquiera en la posibilidad que ella se acercase y pusiese sus manos sobre su piel, sentir su calido contacto... Mierda. Se le estaba poniendo dura y sólo con los calzones no podía disimular...
Acabo de cerrar la valla y se fue hacia el establo para esconderse entre las vacas, escapar de la mirada de Ruth, esa muchachita de ojos grandes y oscuros y piel morena con la que le gustaría fundirse para toda la eternidad.
Ruth lo vio marchar resignada. Hacía tiempo que había notado que la actitud de Jason para con ella había cambiado drásticamente y no entendía por que. Ese un muchacho -un hombre ya, pensó con una sonrisa- que antes se pasaba el día revoloteando a su alrededor pendiente de sus deseos, ahora la rehuía y casi ni la miraba. Se levantó del banco, se alisó la falda y escondió un bucle rebelde dentro de la cofia. Fue caminando hasta el arroyo y miró su reflejo en el agua. No le gustó lo que vio. Su madre seguía obligándola a vestirse como una niña, con esos corpiños cerrados hasta el cuello, el pelo escondido dentro de la cofia y ese ridículo delantal que la hacia parecer mas una criada que la hija de Sofía... Su amiga Mariela tenía un años menos y ya vestía como una mujer, con telas de colores y buenos escotes por los que suspiraban la mayoría de muchachos del pueblo. A ese paso, se haría vieja sin conocer a hombre alguno. Aunque al único al que quería conocer en ese sentido era a Jason, pero él ni la miraba siquiera y cuando se quedaban solos cada mañana, corría a esconderse en el establo. Prefería estar con las vacas a estar con ella.
Enfadada, dio una patada a una piedra que se hundió en el agua haciendo que su imagen reflejada desapareciera. Si esto seguía así, el tonto de Jason acabaría fijándose en cualquiera menos en ella y eso le daría mucha rabia.
Cuando Sofía regresó, Jason estaba trabajando en el huerto y Ruth estaba barriendo el suelo de la casa. Ya había recogido los huevos del gallinero y había dado de comer a los dos cerdos que estaban criando para San Martín. Jason dejó lo que estaba haciendo y corrió a ayudar a Sofía a bajar del carro. Después se lo llevo al establo, donde cepillaría la mula, le daría de comer y después limpiarla las lecheras para tenerlas preparadas para la mañana siguiente.
-Mamá, ¿has pasado por el molino?- le preguntó Ruth cuando la vio entrar en la casa.
-Sí, cariño. Mañana tendrás tu pastel de cumpleaños, no te preocupes.
Ruth abrazó a su madre con alegría, muy fuerte, y Sofía se lo devolvió, besándola.
-Te quiero mucho, mamá.
-Y yo a ti, mi niña. Anda, ves a ayudar a Jason con el carro...
Ruth, con la cara escondida en el abrazo de su madre, suspiró.
-No creo que sea buena idea. Últimamente me rehuye... No quiere estar cerca de mi.
-¿De veras? Que raro... Jason te ha querido siempre mucho. Bueno, puede que tenga que ver con el hecho que ya no sois niños. Jason hace tiempo que es todo un hombre, y tu mañana cumplirás 16. No estaría bien que siguierais comportándoos como niños-.Sofía se calló, pensativa. Tenía razón, ya no eran niños, y desde luego Ruth era una mujercita encantadora y jason se había convertido en un hombre muy guapo. ¿Sería posible que..? Bueno, porque no, al fin y al cabo tenían muy claro que no eran realmente hermanos. Eso explicaría que Jason la rehuyese; probablemente se sintiera culpable. Tendrá que hacer algo al respecto, piensa, y pronto. La idea que estos dos pipiolos acaben juntos es lógica y no le desagrada en absoluto. Jason es bueno y no le tiene miedo al trabajo... A veces le recordaba a Mauro, no físicamente, pero si en su carácter. No podría encontrar un marido mejor para Ruth.
Jason estaba limpiando las lecheras pero tenia la cabeza en otro lugar. Seguía pensando en Ruth. Mañana cumpliría dieciséis años y él se sentía desgraciado por eso. Pronto vestiría como una mujer adulta y lo que él ya sabía por haberla visto en camisón y con el pelo suelo rondando por la casa, será evidente para todos los del pueblo: que ya no es una niña y que se ha convertido en una mujer muy hermosa. Le saldrán pretendientes de debajo las piedras, aunque su dote sea escasa. Se estremeció al pensar que podía acabar en brazos de alguien como Tomas, el hijo del actual herrero, un baboso desconsiderado que miraba a las mujeres como si fuesen ganado. Pero él no podía hacer nada al respecto, no tenia ningún derecho. Ni derecho ni nada. Había llegado a aquella casa con una mano delante y otra detrás y así seguía. Muchas veces había pensado en irse, había lugares donde un hombre bien dispuesto como él podía hacer fortuna. Se había imaginado volviendo al cabo de unos años con los bolsillos llenos de oro, un hombre rico que regresa al hogar. Pero el sueño se malogra cuando descubre la granja abandonada y nadie es capaz de darle razón del paradero de Ruth.
No puede irse, no mientras las dos mujeres sigan solas. Si Sofía volviese a casarse, él quedaría libre y podría marcharse, pero la viuda de Mauro había dejado muy claro que eso no entraba en sus planes.
¡Maldita sea! ¡Aggggh! Se mesó el cabello, desesperado. No sabía que hacer, porque no podía hacer nada. Dejar de amar a Ruth, si acaso, pero ¿cómo? ¿Cómo, Dios santo? Si la tenía metida tan adentro que solo pensar en la posibilidad de alejarse de ella, de perderla, se le encogía el estómago y los pulmones se le cerraban, haciendo que le faltara el aire y el corazón le dolía como si se lo atravesaran con una aguja muy larga.
¿Por qué todo se había complicado tanto?
Aquella noche no durmió y antes del amanecer ya estaba en el establo, ordeñando las vacas antes que empezaran a mugir. Cuando Sofía se levantase, ya se encontraría las lecheras llenas.
Cuando terminó, sacó de su escondite el regalo que le había preparado a Ruth. Era una cajita de madera de roble, del tamaño de su mano, en cuya tapa había tallado una rosa -a Ruth le encantaban las rosas-. Después, en la ebanistería de Soran, la había barnizado. Dentro, los ágiles dedos de Jason montaron un pequeño mecanismo que, cuando la tapa de la caja se abría, empezaba a girar y a producir notas musicales. Una fina y delicada caja de música hecha con sus propias manos. Cuando la terminó, le pareció la cosa más bonita del mundo, pero ahora, dado su estado de ánimo totalmente derruido, le parecía fea y tonta. No le gustaría. Pero no tenía nada más. Así que volvió a guardarla hasta después de comer, momento en que Sofía sacaría el pastel y ambos le darían sus regalos.
La mañana transcurrió tranquila, cada uno ocupado en sus propios quehaceres. Una granja, aunque sea pequeña, tiene multitud de obligaciones que cumplir y no pueden ser descuidadas ni siquiera en días tan especiales como el dieciséis aniversario de una muchachita bien bella.
Sofía mató un pollo y lo cocinó guisado con patatas, cebolla, zanahoria, tomate y una ramita de tomillo. También hubo pan blanco recién horneado -un lujo- y vino aguado -no era cuestión de emborracharse-. Jason estuvo muy amable con ella, casi como antes, aunque había momentos en que se quedaba muy serio, mirándola. Sofía había hablado con él un momento por la mañana, mientras enganchaba la mula al carro, antes de irse al pueblo con las lecheras.
-No seas tan huraño con Ruth, Jason- le dijo como de pasada-. Comprendo que ya eres un hombre y que no debes comportarte como antes con ella, pero eso no quiere decir que no puedas sonreírle de vez en cuando, ¿de acuerdo, cariño? ¿Harás eso por mi?
Jason estuvo a punto de confesar, sintiéndose como un criminal, como si hubiese hecho algo malo, pero no pudo. ¿Cómo se tomaría Sofía el que estuviese enamorado de Ruth? ¿Lo aprobaría? ¿O pensaría que es poca cosa para ella? Un don nadie... Siempre lo había tratado como a un hijo y él la respetaba por su buen corazón, pero Ruth era su auténtica hija. Tuvo miedo de perder lo único que tenía, su familia. Si a Sofí no le hacía gracia la idea, probablemente le pediría que se fuera. Estaba hecho un lío: por un lado le gustaría poder salir huyendo, pero por otro le aterraba la idea que Sofía le echase. Al final asintió con la cabeza, sonrió y le dijo:
-No te preocupes. Seré amable con ella.
Y así fue. Sonrió, habló, bromeó... casi cómo antes. Ruth se sintió feliz. Cuando su madre puso el pastel sobre la mesa aplaudió y se rió como cuando era una niña. Comieron el pastel, de manzana y nueces, y después le entregaron los regalos.
Sofía le entregó un hermoso vestido... de mujer. Era de terciopelo, rojo granate, ribeteado en negro, con las mangas en forma de lirio invertido; tenía un escote cuadrado y alrededor de la cintura, había lirios bordados en hilo de oro.
-¡Mamá! ¡Es fantástico! ¡Que hermoso! ¿De dónde lo has sacado?
-Eso no importa, cariño. Anda, póntelo.
Sofía sonrió, recordando. Mauro le había regalado ese vestido al poco de casarse, para que lo luciera en la primera Fiesta de la Primavera que disfrutaron como marido y mujer. Fue en esa fiesta que engendraron a Ruth, así que creía que era lógico que ahora lo tuviese ella.
Ruth corrió la cortina que separaba su cama del resto de la casa y empezó a quitarse ese estúpido vestido de niña para ponerse esta maravilla de terciopelo. Era suave, y hermoso, y seguro que cuando Jason la viera con él, se quedaría embobado y no pensaría más en ella como en una niña. Sofía se levantó aun con la sonrisa en los labios y fue a ayudarla. Le ató bien los cordones de la espalda y le cepilló el pelo.
Jason volvía a estar desesperado. Al lado de aquel vestido, su cajita de música le parecería insulsa y poca cosa. Tuvo ganas de romperla, pero si lo hacía sus estúpidas y callosas manos quedarían vacías, sin regalo para Ruth. No tenia mas remedio que conformarse.
La cortina se abrió y apareció Ruth con su nuevo vestido.
-¿Que te parece, Jason?- le dijo Sofía-. Mi niña ya es toda una mujer.
Y lo era. Ya lo creo que lo era. Mas que hermosa, estaba radiante. Su piel morena, como su padre, parecía brillar en contraste con el vestido. Jason se levantó de golpe al verla, la boca abierta, embobado, y la caja de música en sus manos.
-¿Te gusta?- le preguntó Ruth girando sobre si misma. Jason asintió sin poder hablar aún. Su corazón galopaba desbocado y tenía una extraña sensación de mareo detrás de los ojos-. ¿Que tienes entre las manos?
De repente volvió a ser consciente de si mismo. Se miró las manos, apenado y ridículo por culpa de esa estupida caja. ¿Por qué pensó que podría gustarle? Eso es un regalo para una niña, no para una mujer.
-Yo... hice... hice esto para ti-, balbuceó.
Ruth la cogió y sus ojos brillaron de alegría. ¿Podría ser que le gustase?
-Abrela.
Ella le hizo caso y la muscia empezo a sonar. Era la melodía de una canción triste, que hablaba del amor no correspondido que sentía un hombre mortal por la luna eterna. Acarició la caja, feliz, y una lagrima asomó en uno de sus ojos.
-Me gusta mucho. Gracias, Jason.
Y le abrazó, ante la divertida mirada de Sofía. ¿Ay, la juventud! ¡Cuanto tiempo perdido por culpa de las dudas y los miedos! Si supiéramos lo rápido que pasan los años, no nos andaríamos con tantas tonterías.
-Voy a salir- les dijo de pronto-. Cesca Pradoverde me ha pedido que me pase por su casa por no se que asunto. ¿Puedes ensillarme la mula, Jason?
-¡Oh, mamá!- dijo Ruth algo decepcionada, separándose de Jason-. ¿De veras tienes que ir?
-Si, cariño. Lo siento. Vamos, Jason, ¿a qué esperas?
Jason salió de la casa con el cuerpo agarrotado. ¡Dios! Tenerla entre sus brazos había sido como abrazar la luna, un sueño. Y con ese vestido... Se estremeció solo de pensar en la suavidad de su piel y el perfume de su pelo... Tendría que mantenerse alejado de ella el resto de la tarde, pero se movía de ganas de volver a abrazarla.
Cuando Jason las dejó solas, Sofía abrazó muy fuerte a su hija.
-¿Le quieres mucho, verdad?- le preguntó. Ruth se ruborizó y no contestó-. Si le quieres, ves a por él.
-¡Mamá!
-Cariño, los hombres a veces, además de tontos, son ciegos. Él está loquito por ti, pero no se atreve a dar el primer paso. ¡A saber que tonterías pasarán por su cabeza! Hazme caso, si le quieres de verdad, díselo. Tenéis mi bendición-. Las lágrimas fluyeron por el rostro de Ruth; eran de alegría y agradecimiento por tener una madre tan estupenda-. Y ahora me voy, que Cesca me está esperando. Hasta la noche, cariño.
-Hasta la noche, mamá.
Jason ya tenía la mula preparada cuando Sofía salió de la casa. montó, agarró fuerte las riendas y, antes de irse, le dijo a Jason, muy seria:
-Ni se te ocurra correr a esconderte cuando yo me haya ido. Ruth quiere hablar contigo de algo muy importante, así que entra en la casa.
Jason asintió. De pronto volvió a sentirse como cuando era niño y Sofía lo reñía por haber hecho alguna trastada. Entró en la casa sin atreverse a replicar. Sofía sonrió, satisfecha. Si hoy no se aclara todo entre estos dos, pensó, no se aclarará nunca. Recordaba como si fuese ayer la primera vez que Mauro y ella Habían hecho el amor; Sofía, cansada de esperar que aquel muchachote grande y fuerte se decidiese, había trazado un plan. Salió bien y estuvieron juntos hasta que lo mataron. De repente se sintió terriblemente sola. Quizá Ruth tenía razón y debía buscar un hombre que le calentase los pies por la noche...
Ruth estaba sentada con sus manos en el regazo, mirándoselas, cuando Jason entró. Son feas, pensaba, y están llenas de callos. No son las manos de una mujer bonita. ¡Tengo tanto miedo!
-Tu madre me ha dado dicho que quieres hablar conmigo-; la voz de Jason apenas fue un susurro. Tenía el estómago encogido y el corazón en un puño. ¿Que pasaba? ¿Por qué Ruth tiene los ojos enrojecidos de llorar? Tuvo miedo.
-¿Crees que soy bonita, Jason?
La pregunta lo cogió por sorpresa y al principio dudo; no supo que decir. La duda en los ojos de él hizo encoger el corazón de Ruth.
-Si no lo soy puedes decírmelo.
-Eres muy hermosa-. ¿A qué venía a eso? ¿A donde quería llegar?
-¿Y crees que puedo enamora a cualquiera?
Fue como una cuchillada. ¿A cualquiera? ¿De quien estaba hablando? No, no, no, no. Esto no me gusta. No me gusta nada.
-¿A quien quieres enamorar?-. Su voz sonó fría, glacial. Se estaba preparando para lo peor; Ruth se había enamorado de otro, seguro, pero ¿de quien? Lo mataría si la hacía sufrir, maldito sea.
-A ti-, dijo Ruth.
Las palabras penetraron poco a poco en la comprensión de Jason. A ti. Tres letras que derrumbaban con la fuerza de un huracán todas sus dudas. A ti. Dos pequeñas palabras, frágiles como una amapola, suaves como el terciopelo de su vestido, y que sin embargo dieron a su corazón la fuerza de cien toros. A ti. A mi. Me quiere a mi...
Se acercó a ella. Ruth seguía sentada en la silla. Había bajado la vista, avergonzada y llena de temor. Jason se arrodilló, le cogió las manos y se las besó, primero una, después la otra, y hundió la cara en su regazo, agarrándose con fuerza a su falda. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos pero luchó para impedírselo. ¡Qué pensaría de él si lo viese llorar!
Ruth le acarició el pelo, largo y rubio. El corazón le latía como el galope de un caballo. ¿Por qué no la besaba? Enlazó sus manos con las de él, dedo con dedo, palma con palma. Jason levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. Había empezado a llorar sin poder evitarlo y las lágrimas resbalaban por sus mejillas de hombre. Ruth acercó su rostro al de él, ofreciéndole sus labios entreabiertos, invitando a profanarlos con sus besos.
Se besaron. Sus labios se unieron con timidez buscando cada uno la vida en el otro, suavemente, como si temiesen que la magia del momento, con las prisas, pudiera romperse. Sus lenguas jugaron en la boca del otro, bebiéndose ese instante de felicidad.
Se separaron, sorprendidos y un poco aturdidos, no sabiendo muy bien qué hacer a continuación, pero sintiendo en su cuerpo esa presión que provoca el deseo.
-¿Y Sofía? ¿Qué dirá?
-Tenemos su bendición.
Tanta felicidad no podía ser posible. Se levantaron sin soltar sus manos, y se quedaron de pie, el uno frente al otro, mirándose, asustados del momento. Ruth soltó sus manos y se colgó de su cuello. ¡Era tan alto! Él volvió a besarla, en la boca primero, para ir bajando poco a poco, beso a beso, por el cuello hasta el nacimiento de sus senos, esa fantástica parte de su cuerpo que dejaba a la vista el vestido de mujer. Ruth pasó las manos entre los cabellos de Jason, alborotándoselos. Su corazón estaba tan acelerado que creía que se le saldría del pecho.
-Debemos parar ahora- dijo él separándose de Ruth-, antes que no pueda.
-No quiero que pares. Quiero llegar hasta el final-. Ruth habló en susurros, entrecortadamente, aferrándose a él con las palabras.
-¿Estás segura?
Ruth asintió con la cabeza y se dio la vuelta, quedando de espaldas a él.
-Ayúdame con el vestido.
Deshizo los lazos y tiró de las cintas. Sus manos temblaban de emoción e impaciencia. No podía creerlo. Para él, se estaba obrando un milagro. El vestido cayó al suelo y la espalda de Ruth apareció ante su vista. Sin darle la vuelta, la abrazó por la cintura y le besó en el cuello. Sus pechos tenían la firmeza de los dieciséis años y eran suaves; los acarició con las dos manos mientras ella gemía de placer, totalmente abandonada a aquel momento de felicidad perfecta. Buscó el lazo de sus enaguas y lo deshizo, dejando que cayeran al suelo y le bajó los calzones con sus manos, dejando un reguero de besos por toda su espalda, hasta llegar a sus nalgas desnudas, que acarició con manos y labios mientras ella seguía gimiendo.
Se levantó y se quitó la camisa. Hizo que ella se girara y volvió a besarla en la boca. El deseo contenido estaba siendo liberado y él tenia que hacer auténticos esfuerzos para ir despacio porque su sed de ella era tan grande que si se dejaba llevar podría hacerle daño y no se lo perdonaría nunca. Ella era virgen aún y no podía permitir que su primera experiencia resultara un mal recuerdo. Le besó los pechos y jugó con sus pezones, acariciándolos con su lengua, primero uno y después el otro, y chupándolos con delicadeza. Ella estaba cada vez mas excitada; lo notaba en su respiración, en sus gemidos, en sus músculos tensionados... Volvió a besarla en la boca mientras la abrazaba apretándola contra su cuerpo. Sus labios eran tan dulces...
Ella se estremeció al notar entre sus muslos el pene de Jason en plena erección y deseó sentirlo en su interior. Él la cogió en sus brazos y la llevó hasta la cama, donde la dejó para poder quitarse la ropa que le quedaba. Se acomodó a su lado, apretaditos en esa cama pequeña, y hundió la mano entre los muslos de Ruth, acariciándole el clítoris con delicadeza. Sus gemidos se incrementaron y mientras, él la miraba extasiado.
Volvió a besar y lamer sus pechos sin dejar que su mano saliera de su sexo; jugueteó con sus dedos dentro de ella, preparándola para lo que vendría a continuación.. Se puso encima de ella y Ruth abrió sus piernas recibiendo en su interior la lanza de Jason, que la hizo gritar de placer y alegría mientras él se esforzaba por complacerla, resistiendo el envite del orgasmo que quería ser liberado. Aguantó mientras ella le clavaba las uñas en su espalda y sus bocas volvían a encontrar una y otra vez, con desesperación, mientras su pene cumplia con su trabajo rítmicamente, marcando el compas con sus gemidos, y cuando ella empezó a gritar y a empujar tambien con su pelvis, él supo que podia dejarse ir, y el orgasmo les llegó como agua de mayo, haciendoles sentir que el resto del mundo era una alucinación y que lo unico real eran ellos dos fundidos en uno, para siempre.
Pero ese siempre se terminó y se quedaron abrazados durante un buen rato, sorprendidos por lo que acababan de hacer.
-Ha sido maravilloso- dijo Ruth rompiendo el silencio.
-Sí, y lo será mas a medida que aprendamos.
-La practica hace al Maestro, como decía mi padre.
Jason se rió, divertido.
-No creo que lo dijera pensando en esto.
La miró y en sus ojos vió un brillo que antes no estaba, como si haber hecho el amor le hubiese dado una visión distinta de las cosas. Estaba seguro que Ruth seguiría siendo maravillosa dentro de treinta años, porque su verdadera belleza estaba en su alma, y cuando los años y el duro trabajo de la granja estropeasen su piel y sus facciones, sus ojos seguirían irradiando la belleza que provenía de su alma e incluso cuando fuese una viejecita y estuviese rodeada de nietas jóvenes, seguiría siendo la mas hermosa...
-¿Quieres que sigamos practicando?
Sus pezones contestaron por ella, poniéndose duros otra vez, y él subió la mano libre para pellizcarlos. La penetró de nuevo sin cambiar de postura, apretándola contra si mientras ella gritaba.
-¡Sí!¡Sí!¡No pares!¡Sí!¡Oh, Dios!
Y empujó y empujó y empujó hasta que el orgasmo terminó y los dejó completamente agotados. Se durmieron, tapándose con las mantas, uno en brazos del otro, y así los encontró Sofía cuando volvió por la noche.
Se casaron al cabo de seis meses, con la bendición de Sofía, y os aseguro que en ese tiempo, practicaron tanto que casi rozaban la maestría...