viernes 6 de noviembre de 2009

LIBRO VIRTUAL

Hoy no vengo a contaros un cuento, sino a hablaros de una iniciativa muy interesante que da la oportunidad, a autores desconocidos, de salir a la luz pública. Se trata de una pagina web, LIBRO VIRTUAL.ORG, donde podrás encontrar novelas, cuentos, poesía, cómics... y leerlos gratuitamente online, con un aspecto totalmente real y maravilloso. Si alguna obra te gusta, puedes descargartela en formato pdf por el precio de un solo sms o simplemente hacer una donación al autor, totalmente voluntaria, por supuesto. Sino, simplemente con clicar una vez en cualquiera de los anuncios ayudarás al mantenimiento de la página.

¿Y por qué hablo de esto? Pues porque además que me parece una idea muy interesante, yo colaboro de vez en cuando con algunos de mis cuentos. Me encontraréis con mi verdadero nombre, Marta Bolet, si quereis buscarme.

Pasaros por allí. Estoy segura que no os arrepentireis.

Besos.

domingo 4 de octubre de 2009

MOMENTOS

-I-
La veía cada noche cuando sonaban la hora de la brujas en el campanario y la luna bostezaba de aburrimiento en lo alto del cielo. Cada noche a las doce salia de la ducha con la piel enrojecida por el calor del agua y el pelo envuelto en una toalla. Se secaba metódicamente delante de la ventana abierta, haciendo que cada movimiento fuese un flujo de erotismo constante. Con una suavidad innata seguía el contorno de su cuerpo con la toalla, secando sin frotar, entreteniéndose mas de la cuenta en sus pechos y en su ingle.

Después venia la crema hidratante, todo un ritual para sus ojos y sus sentidos, que extendía lentamente por todo su cuerpo con suaves movimientos circulares, desde su cuello hasta la planta de los pies.

Cada vez que con sus manos llenas de crema seguía el contorno de sus pechos o de su vientre, sus pezones se endurecían como si recordaran otros momentos vividos en compañía, y él, desde su pedestal de piedra, envidiaba con todas sus fuerzas al hombre recordado por ese cuerpo recién lavado.

Después soltaba su pelo, mojado y enmarañado, y lo peinaba con el cepillo, lentamente, mirándose al espejo, aun completamente desnuda, sin pudor ni vergüenza. Lo secaba con el sacador, un suave zumbido apenas adivinado desde tanta distancia, y él sabia que se acercaba el final por hoy, pues pronto cubriría su cuerpo con el camisón y apagaría la luz, dejando su alma encerrada de nuevo a oscuras.

Intentó mirar el cielo, consolarse con el brillo de las estrellas, pero su cuello de piedra no se movio.

“Eres una gárgola- se dijo con resignación-. ¿De veras creíste alguna vez que podrías escapar a tu destino?”

Y allí se quedó, en lo mas alto de la torre de la catedral, con su cuerpo deformado por el tiempo y el frio, recorrido por tremendas grietas, los ojos de piedra fijos en la ventana sin luz y la boca abierta en una terrible mueca, esperando, siempre esperando, la medianoche siguiente, en la que ella salga de nuevo de la ducha, con su cuerpo mojado y los ojos brillantes, lo mire a través de la ventana e incie de nuevo el ritual, solo para él, solo para sus ojos de piedra, solo para su alma.

-II-
Estar sola y sentirse sola son dos cosas completamente distintas. Claudia no estaba sola. Tenia padres, tenia hermanos, tenia amigos… incluso tenia un medio novio que a veces se quedaba a dormir con ella. Nada serio, por lo menos de momento, pero ahí estaba, con sus anchos hombros, un buen lugar en el que apoyarse en los malos momentos. Claudia tenia mucha gente a su alrededor, sí.

Y sin embargo se sentía sola. Si le hubieses preguntado no habría sabido explicarte por qué; no había motivo ni razón para tener ese enorme agujero en el estomago que parecía engullir toda la felicidad que era capaz de conseguir, ni para que se le cerrara la garganta cada vez que abría la puerta para entrar en el pequeño apartamento donde vivía. No tenia por qué tener esas extrañas ganas de llorar abrazada a la almohada, deseando algo que no estaba allí y que ni siquiera sabia qué era.

Fue al medico, por supuesto, y cada día se tomaba muy obedientemente los antidepresivos que le recetó, pero no llenaron el vacío que había invadido su alma.

La tristeza se fue apoderando poco a poco de Claudia aunque lograba disimularlo ante los demás riendo mas que nunca; no quería tener que dar explicaciones a nadie, porque tampoco sabría qué decir.

Pero una noche todo cambió.

Su apartamento estaba en el séptimo piso de un edificio de la calle Velazquez, justo enfrente del campanario de la catedral. El único paisaje que veía desde sus ventanas eran el frío muro de piedra y la hilera de gárgolas que lo custodiaban. Nadie podía mirarla desde allí y sin embargo, esa noche sintió, por primera vez, unos ojos observándola atentamente a través de la ventana del baño.

Claudia acababa de salir de la ducha. Era verano, hacía calor y el vapor del agua caliente se había acumulado. Abrió la ventana para airear el cuarto de baño; al fin y al cabo, nadie podía verla. Por eso se sorprendió cuando noto unos ojos fijos en su cuerpo desnudo, recorriendolo con avidez… Casi puso sentir físicamente las caricias de esa mirada desconocida.

Cerró la ventana de un golpe, sintiéndose ultrajada. ¿Quien se atrevía a mirarla así? Pero sin querer, la idea que un desconocido la mirara de esa forma la excitó. Su corazón se aceleró y por primera vez en mucho tiempo, esa terrible sensación en su estomago desapareció para dejar paso a otra mas agradable y placentera.

Claudia volvió a abrir la ventana y se apartó para que todo su cuerpo quedara a la vista del extraño, sintiendo como su excitación crecía al notar de nuevo esos ojos penetrantes acariciándola, recorriendo su cuerpo con ansia desmedida. Casi podía percibir el hambre que la motivaba, hambre de caricias, de abrazos, de momentos compartidos… unos ojos que pertenecían a alguien que estaba tan solo como ella… ¿Quien sería? ¿Donde estaría escondido? Pero lo cierto era que no importaba, que daba igual. Fuese quien fuese, no era mas que unos ojos intensos y con eso, ella tenia suficiente.

Y empezó su ritual, secar su cuerpo con la ventana abierta para que aquel extraño pudiese verla mientras extendía la crema hidratante por su cuerpo, para que se excitase como ella mientras recorría su propio cuerpo con sus manos, imaginándose que era él quien la acariciaba, pensando que quizá él también estuviese sintiendo lo mismo que ella… Y cada noche, desde aquella noche, abría la ventana cuando salia de la ducha y dejaba que él la acariciase y la poseyera solo con su mirada…

-III-
Lo que había empezado siendo placentero, poco a poco se estaba convirtiendo en una tortura. Verla cada noche en su desnudez mas absoluta, mostrándose a él a través de esa bendita ventana abierta, acariciarse con la toalla, lentamente, alargando el momento solo para él… Y él, maldita piedra pegada a una pared, una gárgola fría y sin vida que sin embargo sentía un corazón palpitar en su pecho, en ese pecho helado resquebrajado por el tiempo, eternamente inmóvil, siempre con la mirada fija en esa ventana, su ventana…

Durante el día soñaba que se despegaba del muro, que la sangre caliente fluía por sus venas, que la piedra se tornaba carne y que ese enorme pene que lucia entre sus patas traseras cobraba vida propia…, y que ella lo recibía con entusiasmo, dejándole explorar el bosque hasta entonces inexpugnable de su sexualidad.

Pero solo era un sueño, el sueño de una gárgola sin vida pero con conciencia de sí misma; una figura de piedra, fea y contrahecha, con los ojos fijos y las fauces abiertas en dirección a su ventana, que le rezaba cada noche al resplandor de la luna, hacedora de milagros.

Así fue durante muchas noches. Hasta que el milagro sucedió.

¿Cómo y por qué? Solo a Dios compete responder a esa pregunta; a mi me basta saber que un día el ruego de la gárgola fue atendido.

Su corazón de piedra empezó a palpitar de verdad; la sangre corrió por unas venas que no habían estado allí nunca, y su piel de granito se rompió, dejando nacer de su interior un cuerpo caliente de piel suave y rosada.

Saltó hacia la ventana que ella siempre dejaba abierta, casi volando atravesó la distancia que la separaba de ella. No se sentía torpe ni extraño; era como si siempre hubiese poseído ese cuerpo pero él no fuese consciente de ello hasta ese momento.

Entró en el baño y encendió la luz. Hacía mucho rato que ella se había acostado, así que seguramente ya estaría dormida.

Se miró en el espejo.

Su cuerpo estaba fibrado como el de un atleta, duro como una piedra -que ironía- pero caliente y suave al tacto. Tenía el pelo rubio y corto, peinado hacia un lado, bastante conservador. Mentón triangulado, pómulos fuertes, ojos grandes y verdes, labios carnosos pero muy masculinos…

Se miró durante un buen rato, extrañándose de cada pliegue de su piel, de cada linea, cada arruga; se tocó y se palpó, apenas atreviéndose a creer lo que estaba sucediendo, pero ahí estaba y era de carne y hueso.

Abrió la puerta del baño y fue hacia el dormitorio. No tenía claro qué iba a hacer a continuación. Estaba muy asustado pero el deseo de verla de cerca, de oler el perfume de su cuerpo, de estar ahí, simplemente, era demasiado poderoso como para ignorarlo.

Se arrodilló a los pies de su cama. La luna iluminaba con su resplandor el lecho ocupado por su belleza. Bajo la ligera sábana se adivinaba el contorno de su cálido cuerpo desnudo. Hacía calor y una gota de sudor resbaló, traviesa, por su frente. El hombre que había sido piedra sintió despertar su hombría, palpitaba entre sus piernas, gritaba reclamando atención, pero todos sus sentidos estaban abotargados por la belleza de la mujer que yacía en la cama.

Tiró de la sábana poco a poco, con cuidado de no despertarla; resbaló por el cuerpo de Claudia como una caricia y un suspiro de placer escapó de sus labios.

La gárgola gimió de terror. ¿Qué hacer? ¡Dios! ¿Qué hago?

-IV-
La fresca brisa que entraba por el balcón abierto despertó a Claudia. Aún antes de abrir los ojos supo que la sábana se había resbalado y ya no cubría su cuerpo. Sus pezones se habían puesto duros por el aire que hacía revolotear las cortinas y de su boca surgió un suspiro.

Había estado soñando con el desconocido y se despertaba excitada y húmeda. Se incorporó con pereza buscando la sábana y entonces le vió, una figura inmóvil a los pies de su cama. Se asustó y, de repente, fue muy consciente de su desnudez, que cubrió como pudo con la almohada, arrinconando la espalda contra la cabecera.

-¡Por favor, no!- dijo la figura que se escondía entre las sombras de la luna, arrastrándose hacia la pared del fondo, alejándose de la cama-. No voy a hacerte nada. No tengas miedo… solo… solo quería oler tu perfume… nada más. Llevo tantas noches observándote a través de la ventana del baño… tantas noches soñando contigo…

La frase se perdió en un susurro quedo, apenas un suspiro pronunciado, y el hombre se encogió sobre sí mismo, como si temiera algo.

Claudia miró con curiosidad aquella sombra desnuda, como ella, acurrucada en un rincón de su dormitorio. Inexplicablemente, el miedo que sentía se evaporó como el rocío durante la mañana. Curiosidad, eso sí; y excitación.

Era él. Con él había hecho el amor cada noche durante los últimos meses; en él pensaba cada vez que se acariciaba de forma incorrecta bajo las sábanas; por él había dejado a su medio novio… Todo eso había hecho por un fantasma que ni siquiera estaba segura que existiera, por un sueño, una quimera, un delirio…

Pero sí existía. Y estaba ahí, acurrucado en su dormitorio.

Estuvo a punto de preguntarle su nombre y cómo había entrado, pero temió que si empezaba pidiendo explicaciones, pudiese romper la magia que sin duda había propiciado este encuentro. ¿Qué importaba quien era o cómo había llegado hasta allí? Lo verdaderamente importante era que ESTABA allí…

-V-
Claudia se levantó de la cama y dejó caer la almohada al suelo. El hombre la miró aún asustado, encongido sobre sí mismo, y abrazado a sus propias rodillas. ella se acercó y le tendió la mano.

-Ven -le dijo-. No tengas miedo de mi.

¿Cómo no iba a tener miedo? se preguntó el hombre. Ella era como una diosa, un sueño inalcanzable, pero que ahora estaba alli, hablándole a él… Tenía miedo de tocarla. ¿Y si se rompía el hechizo? ¿Y si todo era una quimera provocada por su errática imaginación? No podía tocarla, no podía… Una cosa era adorarla desde los pies de la cama y otra muy distinta abrazar un sueñlo. Se encogió aún más sobre sí mismo.

Claudia se arrodilló ante él. No entendía qué era lo que estaba pasando, ni se entendía ella misma. Había despertado de un sueño erótico para encontrarse con que un extraño, el mirón que la había estado observando durante meses desde las sombras de la catedral, se había colado en su dormitorio completamente desnudo, a saber con qué intenciones. Cualquier mujer estaría muerta de miedo. Pero ella no, ¡oh, no! A ella todo esto le parecía altamente excitante.

-No tengas miedo -le susurró mientras cogía una de sus manos y se la llevaba a la boca. Besó su palma varias veces; tranquilo, le decía con cada beso, todo está bien, y cuando él se atrevió a mirarla, acompañó esa misma mano hasta uno de sus hermosos pechos.

Él la miró incrédulo. La estaba tocando y no se fundía en la nada, como en la mayoría de sus sueños diurnos, sino que seguía allí. Se incorporó poco a poco sin soltar el pecho, por si acaso, no fuese a escaparsele. Ella acarició sus mejillas y lo atrajo hacia su boca para besarle con ganas. Era el primer beso que saboreaba de verdad; allí nada tenía que ver su capacidad para imaginar.

Se levantaron al mismo tiempo, los ojos fijos en el otro; sus labios volvieron a encontrarse y sus brazos rodearon sus cuerpos. Sus manos acariciaron, sus labios besaron, sus lenguas jugaron traviesas, sus pezones se rozaron, el vello se les erizó al sentir tanto placer…

Sobre la cama, después de mil caricias y diez mil besos, él la penetró. Introdujo su enorme virilidad de gárgla en el mar del orgasmo, poseyéndola y dándose enteramente, sin temer nada. Fueron dos amantes felizmente reencontrados después de meses de desesperación incierta. Los gritos de ella, salvajes como sus uñas clavadas en su espalda, se escaparon por la puerta del balcón y penetraron furtivas en las casas de sus vecinos, convirtiéndolos en involuntarios testigos del milagro.

Después, con la tormenta de la pasión ya calmada, acurrucados los dos en brazos del otro, llegó el momento de las palabras.

-¿Quién eres?- murmuró ella somnolienta.

-Ven – le dijo él levantándose de la cama. La llevó hasta el baño y la puso ante la ventana. De pie detrás de ella, le rodeó los hombros con sus brazos y con su boca pegada a su oído, le pregunto:-¿Qué no hay, ahí fuera?

¿Qué no hay? La pregunta le pareció un tanto absurda hasta que reparó en qué no estaba ahí: una figura de piedra, retorcida y contrahecha; la gárgola que tenía siempre los ojos fijos en su ventana. Había desaparecido.

-Eres la gárgola -afirmó casi sin sorpresa.

-¿Me crees?- preguntó él, inseguro.

-Hoy creo cualquier cosa.

-Te amo- confesó la gárgola mientras el sol asomaba y él notaba como el frío empezaba a apoderarse de su cuerpo.

-Te amo- aceptó ella mientras veía, sin ningún tipo de miedo, cómo sus manos se transformaban en piedra.

Tardaron bastantes días en encontrarles; dos figuras de piedra, dos gárgolas entrelazadas en un abrazo, haciendo el amor eternamente. Nadie entendió qué hacían allí, pero el operario que fue a buscarlas para llevarlas al museo, mientras las envolvía en gomaespuma para protegerlas, oyó una frase susurrada por el viento que entraba por la ventana abierta…

Abraza tus sueños con fuerza y no los dejes escapar.

viernes 17 de julio de 2009

Ruth ya no es una niña

Prometí que pasaría de vez en cuando para dejaros algún regalo en forma de cuento o poesía,y aquí estoy, para cumplir con mi palabra. Espero que os guste. Un beso a todos.



Ruth, sentada en el banco del pequeño del pequeño jardín trasero de su casa, miraba a Jason mientras este trabajaba afanándose por limpiar de malas hierbas los parterres repletos de rosas. Pronto llegaría la Fiesta de Primavera, y sería el momento de arrancar las flores y venderlas en el pueblo.


La madre de Ruth, Sofía, había ido al pueblo como cada día para vender la leche que habían ordeñado por la madrugada y no volvería hasta dentro de un buen rato. La leche de las vacas y el pequeño huerto era lo único que tenían para sobrevivir desde que Mauro, el padre de Ruth, murió en una trifulca idiota en la taberna del pueblo, cuando dos soldados del marques pelearon por quién sabe qué y lo pillaron a él en medio, matándole de dos cuchilladas.

El marqués había lamentado mucho la muerte del herrero Mauro, un hombre grande, fuerte y bueno, con unas manos maravillosas que lo arreglaban casi todo, por lo menos eso dijo cuando las echó de la herrería diciéndoles que aquel era el hogar del nuevo herrero que llegaría en dos días y que ella, sin Mauro, ya no pintaban nada allí, que eran un estorbo y que debían irse. Les dio una bolsa con monedas de cobre, una minucia en compensación por la perdida de su hogar, pero suficiente para alquilar la granja y comprar las vacas. Jason, que entonces era un chiquillo de 14 años, era el aprendiz de Mauro y también se fue con ellas; al fin y al cabo el trabajo en la fragua lo había convertido en un muchacho robusto y fuerte y ellas necesitarían las manos de un hombre para ayudar en la granja, y como el nuevo herrero traía su propio aprendiz, él no tenía sitio ya en aquella casa, ni dinero para pagar a otro maestro herrero que le enseñase -Mauro lo acogió sin cobrarle, en contra de las costumbres de la época-.

Jason era muy joven cuando llegó a aquella casa. Con siete años, habían matado a su familia cuando viajaban a casa de unos parientes, y Mauro lo encontró escondido entre las malezas del borde del camino, sentado, abrazado a sus propias rodillas, terriblemente quieto y con la mirada perdida.. El herrero tuvo piedad de aquel niño y lo acogió bajo su techo con el beneplácito de su esposa Sofía.

Los primeros días fue como si Jason no estuviese allí. Se pasaba el día metido en su jergón, tapado con la manta, haciendo ruiditos que Sofía interpretaba como sollozos. Fue Ruth, con cuatro añitos en ese entonces, la que consiguió romper la burbuja de dolor y tristeza con la que se había rodeado al ofrecerle con una sonrisa uno de los dos caramelos que su padre le había traído.

Con el tiempo, Jason se adaptó a su nueva familia, les cogió cariño de verdad y aunque nunca se atrevió a llamarles padre y madre, les quería como si lo fueran.

Aunque con Ruth era distinto. Habían crecido juntos, si -¡y de que forma había crecido ella!- y al mirarla debería ver a una hermana, pero... Esa niña que le tendió una mano en forma de caramelo cuando él más lo necesitaba, se había convertido en una mujer que lo volvía loco. Por las noches, con sus lechos separados solo por una cortina, podía birla respirar y moverse dentro de su cama, y su deseo se encendía de tal forma que a veces no le quedaba más remedio que salir para darse un chapuzón en las frías aguas del riachuelo que discurría placidamente cerca de la casa. A veces se sentía culpable por esos sentimientos incontrolados, porque, se decía, al mirar a Ruth debería ver a una hermana y no a una mujer de pechos apetecibles a los que gustaría llenar de besos... En otras ocasiones le tapaba la boca a su conciencia diciéndose que no eran nada, que su vinculo no era fraternal realmente, que la sangre que corría por sus venas no era la misma y que no había nada malo en pensar en ella mientras su mano derecha trabajaba afanosamente para descargarle la tensión...

Culpable o inocente. En eso estaba mientras limpiaba de hierbajos los parterres y arreglaba la valla de alambre que mantenía a los animales alejados de los rosales. Sentía la mirada de Ruth fija en su espalda desnuda y pensar tan siquiera en la posibilidad que ella se acercase y pusiese sus manos sobre su piel, sentir su calido contacto... Mierda. Se le estaba poniendo dura y sólo con los calzones no podía disimular...

Acabo de cerrar la valla y se fue hacia el establo para esconderse entre las vacas, escapar de la mirada de Ruth, esa muchachita de ojos grandes y oscuros y piel morena con la que le gustaría fundirse para toda la eternidad.

Ruth lo vio marchar resignada. Hacía tiempo que había notado que la actitud de Jason para con ella había cambiado drásticamente y no entendía por que. Ese un muchacho -un hombre ya, pensó con una sonrisa- que antes se pasaba el día revoloteando a su alrededor pendiente de sus deseos, ahora la rehuía y casi ni la miraba. Se levantó del banco, se alisó la falda y escondió un bucle rebelde dentro de la cofia. Fue caminando hasta el arroyo y miró su reflejo en el agua. No le gustó lo que vio. Su madre seguía obligándola a vestirse como una niña, con esos corpiños cerrados hasta el cuello, el pelo escondido dentro de la cofia y ese ridículo delantal que la hacia parecer mas una criada que la hija de Sofía... Su amiga Mariela tenía un años menos y ya vestía como una mujer, con telas de colores y buenos escotes por los que suspiraban la mayoría de muchachos del pueblo. A ese paso, se haría vieja sin conocer a hombre alguno. Aunque al único al que quería conocer en ese sentido era a Jason, pero él ni la miraba siquiera y cuando se quedaban solos cada mañana, corría a esconderse en el establo. Prefería estar con las vacas a estar con ella.

Enfadada, dio una patada a una piedra que se hundió en el agua haciendo que su imagen reflejada desapareciera. Si esto seguía así, el tonto de Jason acabaría fijándose en cualquiera menos en ella y eso le daría mucha rabia.

Cuando Sofía regresó, Jason estaba trabajando en el huerto y Ruth estaba barriendo el suelo de la casa. Ya había recogido los huevos del gallinero y había dado de comer a los dos cerdos que estaban criando para San Martín. Jason dejó lo que estaba haciendo y corrió a ayudar a Sofía a bajar del carro. Después se lo llevo al establo, donde cepillaría la mula, le daría de comer y después limpiarla las lecheras para tenerlas preparadas para la mañana siguiente.

-Mamá, ¿has pasado por el molino?- le preguntó Ruth cuando la vio entrar en la casa.

-Sí, cariño. Mañana tendrás tu pastel de cumpleaños, no te preocupes.

Ruth abrazó a su madre con alegría, muy fuerte, y Sofía se lo devolvió, besándola.

-Te quiero mucho, mamá.

-Y yo a ti, mi niña. Anda, ves a ayudar a Jason con el carro...

Ruth, con la cara escondida en el abrazo de su madre, suspiró.

-No creo que sea buena idea. Últimamente me rehuye... No quiere estar cerca de mi.

-¿De veras? Que raro... Jason te ha querido siempre mucho. Bueno, puede que tenga que ver con el hecho que ya no sois niños. Jason hace tiempo que es todo un hombre, y tu mañana cumplirás 16. No estaría bien que siguierais comportándoos como niños-.Sofía se calló, pensativa. Tenía razón, ya no eran niños, y desde luego Ruth era una mujercita encantadora y jason se había convertido en un hombre muy guapo. ¿Sería posible que..? Bueno, porque no, al fin y al cabo tenían muy claro que no eran realmente hermanos. Eso explicaría que Jason la rehuyese; probablemente se sintiera culpable. Tendrá que hacer algo al respecto, piensa, y pronto. La idea que estos dos pipiolos acaben juntos es lógica y no le desagrada en absoluto. Jason es bueno y no le tiene miedo al trabajo... A veces le recordaba a Mauro, no físicamente, pero si en su carácter. No podría encontrar un marido mejor para Ruth.

Jason estaba limpiando las lecheras pero tenia la cabeza en otro lugar. Seguía pensando en Ruth. Mañana cumpliría dieciséis años y él se sentía desgraciado por eso. Pronto vestiría como una mujer adulta y lo que él ya sabía por haberla visto en camisón y con el pelo suelo rondando por la casa, será evidente para todos los del pueblo: que ya no es una niña y que se ha convertido en una mujer muy hermosa. Le saldrán pretendientes de debajo las piedras, aunque su dote sea escasa. Se estremeció al pensar que podía acabar en brazos de alguien como Tomas, el hijo del actual herrero, un baboso desconsiderado que miraba a las mujeres como si fuesen ganado. Pero él no podía hacer nada al respecto, no tenia ningún derecho. Ni derecho ni nada. Había llegado a aquella casa con una mano delante y otra detrás y así seguía. Muchas veces había pensado en irse, había lugares donde un hombre bien dispuesto como él podía hacer fortuna. Se había imaginado volviendo al cabo de unos años con los bolsillos llenos de oro, un hombre rico que regresa al hogar. Pero el sueño se malogra cuando descubre la granja abandonada y nadie es capaz de darle razón del paradero de Ruth.

No puede irse, no mientras las dos mujeres sigan solas. Si Sofía volviese a casarse, él quedaría libre y podría marcharse, pero la viuda de Mauro había dejado muy claro que eso no entraba en sus planes.

¡Maldita sea! ¡Aggggh! Se mesó el cabello, desesperado. No sabía que hacer, porque no podía hacer nada. Dejar de amar a Ruth, si acaso, pero ¿cómo? ¿Cómo, Dios santo? Si la tenía metida tan adentro que solo pensar en la posibilidad de alejarse de ella, de perderla, se le encogía el estómago y los pulmones se le cerraban, haciendo que le faltara el aire y el corazón le dolía como si se lo atravesaran con una aguja muy larga.

¿Por qué todo se había complicado tanto?

Aquella noche no durmió y antes del amanecer ya estaba en el establo, ordeñando las vacas antes que empezaran a mugir. Cuando Sofía se levantase, ya se encontraría las lecheras llenas.

Cuando terminó, sacó de su escondite el regalo que le había preparado a Ruth. Era una cajita de madera de roble, del tamaño de su mano, en cuya tapa había tallado una rosa -a Ruth le encantaban las rosas-. Después, en la ebanistería de Soran, la había barnizado. Dentro, los ágiles dedos de Jason montaron un pequeño mecanismo que, cuando la tapa de la caja se abría, empezaba a girar y a producir notas musicales. Una fina y delicada caja de música hecha con sus propias manos. Cuando la terminó, le pareció la cosa más bonita del mundo, pero ahora, dado su estado de ánimo totalmente derruido, le parecía fea y tonta. No le gustaría. Pero no tenía nada más. Así que volvió a guardarla hasta después de comer, momento en que Sofía sacaría el pastel y ambos le darían sus regalos.

La mañana transcurrió tranquila, cada uno ocupado en sus propios quehaceres. Una granja, aunque sea pequeña, tiene multitud de obligaciones que cumplir y no pueden ser descuidadas ni siquiera en días tan especiales como el dieciséis aniversario de una muchachita bien bella.

Sofía mató un pollo y lo cocinó guisado con patatas, cebolla, zanahoria, tomate y una ramita de tomillo. También hubo pan blanco recién horneado -un lujo- y vino aguado -no era cuestión de emborracharse-. Jason estuvo muy amable con ella, casi como antes, aunque había momentos en que se quedaba muy serio, mirándola. Sofía había hablado con él un momento por la mañana, mientras enganchaba la mula al carro, antes de irse al pueblo con las lecheras.

-No seas tan huraño con Ruth, Jason- le dijo como de pasada-. Comprendo que ya eres un hombre y que no debes comportarte como antes con ella, pero eso no quiere decir que no puedas sonreírle de vez en cuando, ¿de acuerdo, cariño? ¿Harás eso por mi?

Jason estuvo a punto de confesar, sintiéndose como un criminal, como si hubiese hecho algo malo, pero no pudo. ¿Cómo se tomaría Sofía el que estuviese enamorado de Ruth? ¿Lo aprobaría? ¿O pensaría que es poca cosa para ella? Un don nadie... Siempre lo había tratado como a un hijo y él la respetaba por su buen corazón, pero Ruth era su auténtica hija. Tuvo miedo de perder lo único que tenía, su familia. Si a Sofí no le hacía gracia la idea, probablemente le pediría que se fuera. Estaba hecho un lío: por un lado le gustaría poder salir huyendo, pero por otro le aterraba la idea que Sofía le echase. Al final asintió con la cabeza, sonrió y le dijo:

-No te preocupes. Seré amable con ella.

Y así fue. Sonrió, habló, bromeó... casi cómo antes. Ruth se sintió feliz. Cuando su madre puso el pastel sobre la mesa aplaudió y se rió como cuando era una niña. Comieron el pastel, de manzana y nueces, y después le entregaron los regalos.
Sofía le entregó un hermoso vestido... de mujer. Era de terciopelo, rojo granate, ribeteado en negro, con las mangas en forma de lirio invertido; tenía un escote cuadrado y alrededor de la cintura, había lirios bordados en hilo de oro.

-¡Mamá! ¡Es fantástico! ¡Que hermoso! ¿De dónde lo has sacado?

-Eso no importa, cariño. Anda, póntelo.

Sofía sonrió, recordando. Mauro le había regalado ese vestido al poco de casarse, para que lo luciera en la primera Fiesta de la Primavera que disfrutaron como marido y mujer. Fue en esa fiesta que engendraron a Ruth, así que creía que era lógico que ahora lo tuviese ella.

Ruth corrió la cortina que separaba su cama del resto de la casa y empezó a quitarse ese estúpido vestido de niña para ponerse esta maravilla de terciopelo. Era suave, y hermoso, y seguro que cuando Jason la viera con él, se quedaría embobado y no pensaría más en ella como en una niña. Sofía se levantó aun con la sonrisa en los labios y fue a ayudarla. Le ató bien los cordones de la espalda y le cepilló el pelo.

Jason volvía a estar desesperado. Al lado de aquel vestido, su cajita de música le parecería insulsa y poca cosa. Tuvo ganas de romperla, pero si lo hacía sus estúpidas y callosas manos quedarían vacías, sin regalo para Ruth. No tenia mas remedio que conformarse.

La cortina se abrió y apareció Ruth con su nuevo vestido.

-¿Que te parece, Jason?- le dijo Sofía-. Mi niña ya es toda una mujer.

Y lo era. Ya lo creo que lo era. Mas que hermosa, estaba radiante. Su piel morena, como su padre, parecía brillar en contraste con el vestido. Jason se levantó de golpe al verla, la boca abierta, embobado, y la caja de música en sus manos.

-¿Te gusta?- le preguntó Ruth girando sobre si misma. Jason asintió sin poder hablar aún. Su corazón galopaba desbocado y tenía una extraña sensación de mareo detrás de los ojos-. ¿Que tienes entre las manos?

De repente volvió a ser consciente de si mismo. Se miró las manos, apenado y ridículo por culpa de esa estupida caja. ¿Por qué pensó que podría gustarle? Eso es un regalo para una niña, no para una mujer.

-Yo... hice... hice esto para ti-, balbuceó.

Ruth la cogió y sus ojos brillaron de alegría. ¿Podría ser que le gustase?

-Abrela.

Ella le hizo caso y la muscia empezo a sonar. Era la melodía de una canción triste, que hablaba del amor no correspondido que sentía un hombre mortal por la luna eterna. Acarició la caja, feliz, y una lagrima asomó en uno de sus ojos.

-Me gusta mucho. Gracias, Jason.

Y le abrazó, ante la divertida mirada de Sofía. ¿Ay, la juventud! ¡Cuanto tiempo perdido por culpa de las dudas y los miedos! Si supiéramos lo rápido que pasan los años, no nos andaríamos con tantas tonterías.

-Voy a salir- les dijo de pronto-. Cesca Pradoverde me ha pedido que me pase por su casa por no se que asunto. ¿Puedes ensillarme la mula, Jason?

-¡Oh, mamá!- dijo Ruth algo decepcionada, separándose de Jason-. ¿De veras tienes que ir?

-Si, cariño. Lo siento. Vamos, Jason, ¿a qué esperas?

Jason salió de la casa con el cuerpo agarrotado. ¡Dios! Tenerla entre sus brazos había sido como abrazar la luna, un sueño. Y con ese vestido... Se estremeció solo de pensar en la suavidad de su piel y el perfume de su pelo... Tendría que mantenerse alejado de ella el resto de la tarde, pero se movía de ganas de volver a abrazarla.

Cuando Jason las dejó solas, Sofía abrazó muy fuerte a su hija.

-¿Le quieres mucho, verdad?- le preguntó. Ruth se ruborizó y no contestó-. Si le quieres, ves a por él.

-¡Mamá!

-Cariño, los hombres a veces, además de tontos, son ciegos. Él está loquito por ti, pero no se atreve a dar el primer paso. ¡A saber que tonterías pasarán por su cabeza! Hazme caso, si le quieres de verdad, díselo. Tenéis mi bendición-. Las lágrimas fluyeron por el rostro de Ruth; eran de alegría y agradecimiento por tener una madre tan estupenda-. Y ahora me voy, que Cesca me está esperando. Hasta la noche, cariño.

-Hasta la noche, mamá.

Jason ya tenía la mula preparada cuando Sofía salió de la casa. montó, agarró fuerte las riendas y, antes de irse, le dijo a Jason, muy seria:

-Ni se te ocurra correr a esconderte cuando yo me haya ido. Ruth quiere hablar contigo de algo muy importante, así que entra en la casa.

Jason asintió. De pronto volvió a sentirse como cuando era niño y Sofía lo reñía por haber hecho alguna trastada. Entró en la casa sin atreverse a replicar. Sofía sonrió, satisfecha. Si hoy no se aclara todo entre estos dos, pensó, no se aclarará nunca. Recordaba como si fuese ayer la primera vez que Mauro y ella Habían hecho el amor; Sofía, cansada de esperar que aquel muchachote grande y fuerte se decidiese, había trazado un plan. Salió bien y estuvieron juntos hasta que lo mataron. De repente se sintió terriblemente sola. Quizá Ruth tenía razón y debía buscar un hombre que le calentase los pies por la noche...

Ruth estaba sentada con sus manos en el regazo, mirándoselas, cuando Jason entró. Son feas, pensaba, y están llenas de callos. No son las manos de una mujer bonita. ¡Tengo tanto miedo!

-Tu madre me ha dado dicho que quieres hablar conmigo-; la voz de Jason apenas fue un susurro. Tenía el estómago encogido y el corazón en un puño. ¿Que pasaba? ¿Por qué Ruth tiene los ojos enrojecidos de llorar? Tuvo miedo.

-¿Crees que soy bonita, Jason?

La pregunta lo cogió por sorpresa y al principio dudo; no supo que decir. La duda en los ojos de él hizo encoger el corazón de Ruth.

-Si no lo soy puedes decírmelo.

-Eres muy hermosa-. ¿A qué venía a eso? ¿A donde quería llegar?

-¿Y crees que puedo enamora a cualquiera?

Fue como una cuchillada. ¿A cualquiera? ¿De quien estaba hablando? No, no, no, no. Esto no me gusta. No me gusta nada.

-¿A quien quieres enamorar?-. Su voz sonó fría, glacial. Se estaba preparando para lo peor; Ruth se había enamorado de otro, seguro, pero ¿de quien? Lo mataría si la hacía sufrir, maldito sea.

-A ti-, dijo Ruth.

Las palabras penetraron poco a poco en la comprensión de Jason. A ti. Tres letras que derrumbaban con la fuerza de un huracán todas sus dudas. A ti. Dos pequeñas palabras, frágiles como una amapola, suaves como el terciopelo de su vestido, y que sin embargo dieron a su corazón la fuerza de cien toros. A ti. A mi. Me quiere a mi...

Se acercó a ella. Ruth seguía sentada en la silla. Había bajado la vista, avergonzada y llena de temor. Jason se arrodilló, le cogió las manos y se las besó, primero una, después la otra, y hundió la cara en su regazo, agarrándose con fuerza a su falda. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos pero luchó para impedírselo. ¡Qué pensaría de él si lo viese llorar!

Ruth le acarició el pelo, largo y rubio. El corazón le latía como el galope de un caballo. ¿Por qué no la besaba? Enlazó sus manos con las de él, dedo con dedo, palma con palma. Jason levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. Había empezado a llorar sin poder evitarlo y las lágrimas resbalaban por sus mejillas de hombre. Ruth acercó su rostro al de él, ofreciéndole sus labios entreabiertos, invitando a profanarlos con sus besos.

Se besaron. Sus labios se unieron con timidez buscando cada uno la vida en el otro, suavemente, como si temiesen que la magia del momento, con las prisas, pudiera romperse. Sus lenguas jugaron en la boca del otro, bebiéndose ese instante de felicidad.

Se separaron, sorprendidos y un poco aturdidos, no sabiendo muy bien qué hacer a continuación, pero sintiendo en su cuerpo esa presión que provoca el deseo.

-¿Y Sofía? ¿Qué dirá?

-Tenemos su bendición.

Tanta felicidad no podía ser posible. Se levantaron sin soltar sus manos, y se quedaron de pie, el uno frente al otro, mirándose, asustados del momento. Ruth soltó sus manos y se colgó de su cuello. ¡Era tan alto! Él volvió a besarla, en la boca primero, para ir bajando poco a poco, beso a beso, por el cuello hasta el nacimiento de sus senos, esa fantástica parte de su cuerpo que dejaba a la vista el vestido de mujer. Ruth pasó las manos entre los cabellos de Jason, alborotándoselos. Su corazón estaba tan acelerado que creía que se le saldría del pecho.

-Debemos parar ahora- dijo él separándose de Ruth-, antes que no pueda.

-No quiero que pares. Quiero llegar hasta el final-. Ruth habló en susurros, entrecortadamente, aferrándose a él con las palabras.

-¿Estás segura?

Ruth asintió con la cabeza y se dio la vuelta, quedando de espaldas a él.

-Ayúdame con el vestido.

Deshizo los lazos y tiró de las cintas. Sus manos temblaban de emoción e impaciencia. No podía creerlo. Para él, se estaba obrando un milagro. El vestido cayó al suelo y la espalda de Ruth apareció ante su vista. Sin darle la vuelta, la abrazó por la cintura y le besó en el cuello. Sus pechos tenían la firmeza de los dieciséis años y eran suaves; los acarició con las dos manos mientras ella gemía de placer, totalmente abandonada a aquel momento de felicidad perfecta. Buscó el lazo de sus enaguas y lo deshizo, dejando que cayeran al suelo y le bajó los calzones con sus manos, dejando un reguero de besos por toda su espalda, hasta llegar a sus nalgas desnudas, que acarició con manos y labios mientras ella seguía gimiendo.

Se levantó y se quitó la camisa. Hizo que ella se girara y volvió a besarla en la boca. El deseo contenido estaba siendo liberado y él tenia que hacer auténticos esfuerzos para ir despacio porque su sed de ella era tan grande que si se dejaba llevar podría hacerle daño y no se lo perdonaría nunca. Ella era virgen aún y no podía permitir que su primera experiencia resultara un mal recuerdo. Le besó los pechos y jugó con sus pezones, acariciándolos con su lengua, primero uno y después el otro, y chupándolos con delicadeza. Ella estaba cada vez mas excitada; lo notaba en su respiración, en sus gemidos, en sus músculos tensionados... Volvió a besarla en la boca mientras la abrazaba apretándola contra su cuerpo. Sus labios eran tan dulces...

Ella se estremeció al notar entre sus muslos el pene de Jason en plena erección y deseó sentirlo en su interior. Él la cogió en sus brazos y la llevó hasta la cama, donde la dejó para poder quitarse la ropa que le quedaba. Se acomodó a su lado, apretaditos en esa cama pequeña, y hundió la mano entre los muslos de Ruth, acariciándole el clítoris con delicadeza. Sus gemidos se incrementaron y mientras, él la miraba extasiado.


Volvió a besar y lamer sus pechos sin dejar que su mano saliera de su sexo; jugueteó con sus dedos dentro de ella, preparándola para lo que vendría a continuación.. Se puso encima de ella y Ruth abrió sus piernas recibiendo en su interior la lanza de Jason, que la hizo gritar de placer y alegría mientras él se esforzaba por complacerla, resistiendo el envite del orgasmo que quería ser liberado. Aguantó mientras ella le clavaba las uñas en su espalda y sus bocas volvían a encontrar una y otra vez, con desesperación, mientras su pene cumplia con su trabajo rítmicamente, marcando el compas con sus gemidos, y cuando ella empezó a gritar y a empujar tambien con su pelvis, él supo que podia dejarse ir, y el orgasmo les llegó como agua de mayo, haciendoles sentir que el resto del mundo era una alucinación y que lo unico real eran ellos dos fundidos en uno, para siempre.

Pero ese siempre se terminó y se quedaron abrazados durante un buen rato, sorprendidos por lo que acababan de hacer.

-Ha sido maravilloso- dijo Ruth rompiendo el silencio.

-Sí, y lo será mas a medida que aprendamos.

-La practica hace al Maestro, como decía mi padre.

Jason se rió, divertido.

-No creo que lo dijera pensando en esto.

La miró y en sus ojos vió un brillo que antes no estaba, como si haber hecho el amor le hubiese dado una visión distinta de las cosas. Estaba seguro que Ruth seguiría siendo maravillosa dentro de treinta años, porque su verdadera belleza estaba en su alma, y cuando los años y el duro trabajo de la granja estropeasen su piel y sus facciones, sus ojos seguirían irradiando la belleza que provenía de su alma e incluso cuando fuese una viejecita y estuviese rodeada de nietas jóvenes, seguiría siendo la mas hermosa...


-¿Quieres que sigamos practicando?

Sus pezones contestaron por ella, poniéndose duros otra vez, y él subió la mano libre para pellizcarlos. La penetró de nuevo sin cambiar de postura, apretándola contra si mientras ella gritaba.

-¡Sí!¡Sí!¡No pares!¡Sí!¡Oh, Dios!

Y empujó y empujó y empujó hasta que el orgasmo terminó y los dejó completamente agotados. Se durmieron, tapándose con las mantas, uno en brazos del otro, y así los encontró Sofía cuando volvió por la noche.

Se casaron al cabo de seis meses, con la bendición de Sofía, y os aseguro que en ese tiempo, practicaron tanto que casi rozaban la maestría...


miércoles 24 de junio de 2009

Ha sido algo mas de un año compartiendo mi vida con vosotros, unos meses fantásticos llenos de sorpresas, la más agradable de todas vuestra fidelidad al venir semana tras semana para leer mis aventuras; y la más preciada, vuestra amistad.

Pero necesito un descanso, dejar de airear mi vida diaria, tener un poco de privacidad... Aunque eso no quiere decir que de vez en cuando no me pase por aquí a dejar una poesía, o un cuento, o quizá venga a hablar de la vida de otros vampiros que se han cruzado por mi vida.

Pero de momento no hablaré más de mi. Quien sabe, si pasan cosas interesantes quizá vuelva a hacerlo, pero de momento no.

Lo que si haré será seguir visitándoos en vuestras casas-acordaos de dejar las ventanas abiertas- y comentar de vez en cuando, cuando tenga algo que decir.

Mientras tanto, un beso muy grande a todos y un abrazo enorme.




SOÑARTE

Soñarte es sentir
tus manos sobre mi piel desnuda
y tu aliento excitado recibir
cerca de mi garganta ofrecida.

Soñarte es beber
yo tu sangre y tu la mía
compartiendo así al comer
la vida que tanto nos ansia.

Soñarte es una locura
que entabla una lucha suicida
la razón contra la diablura
que conviven en mi esencia maldita.

Soñarte es caminar
pisando un lecho de rosas
esperando poder amar
bajo la sombra de las mimosas.

Soñarte es descansar
dormida entre tus brazos
y mientras tanto aguardar
que la vida vuelva a retazos.

Soñarte es confiar
que el mañana será hermoso
a pesar de encadenar
mi corazón sin reposo.

Soñarte es...

Soñar.

miércoles 17 de junio de 2009

-120-


Despacio, de una forma casi imperceptible, la normalidad se va apoderando de nuestras vidas; aunque hablar de normalidad refiriendome a vampiros parece una incongruencia.

Con Kurayami casi recuperado, le tocó el turno a Hikarí de ser el objeto de nuestras atenciones. Le arropamos en nuestro abrazo, le mimamos hasta la pesadez y poco a poco sus ojos recuperaron el brillo perdido. Vuelve a ser como antes y aunque las cicatrices le han endurecido el alma, no permite que le amarguen la existencia.

En cuanto a mi...

Muchas cosas han cambiado para mi desde que bebí la sangre de la Doncella. Aquiles tenía razón en una cosa: intentó echar mi alma y apoderarse de mi cuerpo.

Al principio no recordé lo ocurrido durante los dos dias que estuve desaparecida pero poco a poco los recuerdos volvieron. La pelea que tuvimos fue de las que se denominan épicas, y el campo de batalla fue mi cuerpo. Su alma intentó apoderarse de mi mente y ramificarse, extender sus tentáculos hasta doblegarme a su voluntad. Intenté luchar pero su fuerza me superaba y me desesperé. Pensé en Kurayami, en lo que sentiría si permitía que la Doncella ganase esta batalla; en mi amor, acurrucado entre estos brazos que ya no serían mis brazos; ¿se daría cuenta del engaño? Supongo que sí, quiero creer que si, y me imaginé lo que sentiría al ver, en los ojos que mas ama, reflejados al ser que mas odia... Tomé la decisión, arriesgar el todo por el todo, y acepté el poder que me ofrecía la sangre de la doncella, para usarlo en su contra justo en el momento que ella creía haber ganado.

No me pregunteis cómo lo hice, porque no lo se. Gané y la expulsé, eso es lo que importa y ya no queda nada de ella en mi, excepto...

Excepto que algunas cosas han cambiado.

Sigo siendo Akeru, de eso no hay duda, y mi comportamiento errático, impulsivo e impredecible no ha variado: sigo igual de inmadura. Pero mis capacidades como vampiro han aumentado.

El sol ya no me quema. Puedo asomarme al día, pasear como un ser humano normal y dejar que el sol caliente mi piel sin temer al dolor, porque no hay dolor. La magia en mi ha aumentado; cosas que antes me costaba hacerlas ahora las consigo sin siquiera pensar en ellas, y otras que eran inimaginables para mi, se están convirtiendo en rutina.

Aún no he hablado de ello con Kurayami, aunque no es tonto y se que se ha dado cuenta que algo ha cambiado. Debería decírselo, no perder más tiempo porque hacer las cosas a sus espaldas no nos ha traido nada bueno, pero tengo miedo. Algo de la Doncella se ha quedado dentro de mi y temo que eso haga que nuestra relación cambie. ¿Y si deja de confiar en mi?
Que estupidez, tal y como lo he escrito me he dado cuenta de mi error. Si le oculto la verdad será cuando empezará a desconfiar, así que hablaré con él hoy mismo.

Nos queremos demasiado para permitirme el lujo de estropear algo tan maravilloso por una idiotez. Se lo contaré, me abrazará, me besará y me dirá: "No te preocupes, todo irá bien."

Todo irá bien.

Por supuesto.

miércoles 10 de junio de 2009

-119-


La tristeza de Kurayami fue pasando poco a poco, a base de mimos y te quieros. Una mañana me desperté inquieta y no estaba en la cama, a mi lado. Oí la voz de una mujer que provenía del comedor y la identifiqué enseguida: era Marlene Dietrich en "Testigo de CArgo". Me levanté. Kurayami estaba sentado viendo la tele cuando me oyó llegar, levantó la mano, ofreciéndomela, sin mirarme. La cogí y me senté en el brazo del sillón, a su lado.

-¿Por qué nos traicionan siempre las personas que más amamos?-me preguntó.

Por un momento estuve a punto de echarme a llorar. Yo era quien más le amaba, y jamás le traicionaria. Estuve apunto de decirle eso, pero no era adecuado. Al pronunciar esa frase, Kurayami no se refería a mi.

-No lo se. Quizá porque la confianza da asco-, intenté bromear, pero mi respuesta sonó bastante absurda.

Sonrió, pero con tristeza. Tenía los ojos enrojecidos y supe que había estado llorando. Me deslicé por el brazo del sillón hasta hacerme un ovillito a su lado; pasó su brazo alrededor de mi espalda y yo apoyé mi cara en su pecho.

-Aquiles y Ekaterina... no soy capaz de asimilar todo el odio que me profesaban, ni de entenderlo. Sobre todo Aquiles. No hago otra cosa que preguntarme por qué...

El silencio pesó en el aire. Debía decir algo, pero ¿qué?

-¿Por qué me amas?- le pregunté de improviso. Tenía que romper esa línea de pensamiento inmediatamente; no podía dejar que siguiese por ese camino o se perdería de nuevo en un mar de lamentaciones y culpabilidades.

-¿Que?

-¿Por qué me amas?- repetí-. Dame un motivo objetivo que justifique lo que sientes por mi. ¿Qué es lo que hice para que te enamoraras de mi?

Estuvo callado un buen rato, supongo que meditando la respuesta. Al fin tuvo que aceptar la evidencia.

-Nada. No hiciste nada. Simplemente te vi y lo supe. Supe que te amaba.

-Yo tampoco se por que te amo. Nadie sabe por qué siente lo que siente, y da igual si es amor u odio. Hay gente que ama desesperadamente a quien lo maltrata, y otros son incapaces de amar a alquien por muy bien que les traten... ¿Hay alguna explicación a eso?

-De acuerdo, entendido- me dijo besándome la cabeza-. Se acabó el buscar motivos para justificar sus actos y acabar echandome la culpa.

-Me alegro. ¿Dejaras de preguntarte el por qué?

-¿El por qué de qué?- bromeó-. No se a qué te refieres...

Empecé a hacerle cosquillas y él se defendió. Acabamos en el suelo, riendonos a carcajada limpia, felices de estar juntos, contentos de estar vivos...

miércoles 3 de junio de 2009

-118-


Hikarí.

Sus ojos siempre han sido hermosos y alegres como una fiesta de cumpleaños con muchos globos y un gran pastel; el pastel ha desaparecido y los globos han reventado. Y no me extraña, despues de lo ocurrido.. Ekaterina es su madre, la que le transformó, y ese vínculo es demasiado doloroso cuando la traición anda de por medio.

Hikarí sorprendió una conversación entre Ekterina y Aquiles y ellos le sorprendieron a él. Lo mantuvieron drogado y encerrado durante todo el tiempo que le estuve buscando, no sabiendo muy bien qué hacer con él; y aunque el verse descubiertos les hizo precipitarse en sus planes, eso no hace que Hikarí se sienta menos inútil e impotente que Kurayami.

Que dos.

Si fuesen chicas, sería normal que se sintiesen aliviadas y contentas de haber sido savladas y no culpables por no haber sido capaces de protegerse a sí mismos. Pero como son dos machos, se sienten estúpidos e inútiles por haber dependido de mi. Quizá debería decirles que al fin y al cabo soy la protagonista de esta historia y lo logico es que yo sea la heroína, ¿no?

miércoles 27 de mayo de 2009

-117-


Una semana después, Aquiles y Ekaterina fueron juzgados. Su principal delito: haber intentado destruir a Kurayami, el Primer Vampiro y padre de todos ellos. Los jueces fueron los seis vampiros restantes que junto con Aquiles, eran nombrados los Siete: Lubos, Svenson, Klavdiya , Gredel, Domhnal y Bayaarma.

Fueron narrados los hechos por los testigos -Hikarí, Kurayami, Vlad, Yasu y yo misma- y escuchados sus motivos, que se redujeron a lo de siempre: ambición y sed de poder por parte de Aquiles; venganza y celos por parte de Ekaterina. Me hubiera gustado que por lo menos en eso hubiesen sido originales, pero no fue así.

Aquiles quería dominar el mundo, algo tan patético como eso. Un malo de serie B, maquilador de complejas conspiraciones; absurdo y penoso. Ekaterina... Bueno, ella fue fiel a su naturaleza egoísta y posesiva: si Kurayami no podía ser suyo, no iba a ser de nadie. Nunca ha llegado a comprender lo más fundamental en una relación: no hay dueños, nadie le pertenece a nadie. Cuantas más ataduras y cadenas pones a tu pareja, más la alejas de ti. Si quieres a alguien de verdad pero ha decidido partir de tu lado, lo mejor es dejarle marchar, lamer tus heridas y dejar que pase el tiempo, porque lo cura todo. Y si algo nos sobra a los vampiros, es tiempo ¿no?

En cuanto a la Doncella, le dejó bien claras a Kurayami sus razones. Sacrificios humanos dedicados a ella. Que egocéntrica. Y alimentarse de almas. Puag. ¿No podría haberse contentado con una buena paella o un cocido andaluz?

Después de escucharnos a todos, los jueces dictaron sentencia: muerte en vida. No podía ser de otra forma. Fueron encerrados en sendos ataúdes sellados por la magia de Kurayami y lanzados al mar, donde pasarían el resto de la eternidad. Un destino terrible, pero merecido.

Despues de eso, Kurayami estuvo taciturno y silencioso durante varios dias. Tuve miedo, por qué negarlo, a que volviese a ser como cuando le conocí, lacónico y triste, encerrado en si mismo, dejando que su alma se pudriese cargada de lamentaciones y remordimientos. Supogo que durante esos días las imagenes de su pasado le golpearon con mas fuerza que de costumbre aprovechando la herida que había abierto Ekaterina. Volver a encontrarse con la Doncella y no poder hacer nada; saberse traicionado por Aquiles, uno de sus hijos; sentirse impotente y abrumado por los acontecimientos, no ser capaz de luchar, no haberlo visto venir, ser engañado... No se cuales fueron los pensamientos que pasaron por su cabeza durante aquellos funebres dias, pero Hikarí y yo intentamos arroparle todo lo que pudimos, estar a su lado y demostrarle cuánto le queremos y cuánto le necesitamos. Sobre todo Hikarí.

jueves 21 de mayo de 2009

-116-


-¿Estas completamente seguro que es Akeru?- preguntó Vlad.

Que burrada, pensé yo. ¿Quien iba a ser sino? ¿Por qué preguntaba eso?

-Sí- fue la lacónica respuesta de Kurayami.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?- insitió Vlad.

Uuuuh, que pesao...

-Escucha, agradezco lo que hiciste por nosotros. He contraido una gran deuda contigo y con Yasu, y te aseguro que no lo olvidaré, pero no tienes derecho a...

-La quiero.

La confesión de Vlad me dejó de piedra durante un instante, hasta que vino la aclaración. Claro que me hubiese encantado ver la cara de Kurayami en ese momento, pero tuve que conformarme con su respingo.

-Es la única amiga que tengo. Desde que metí la pata con Stoker, que la mayoría me habeis tratado como a un apestado. Excepto ella. Por eso quiero estar seguro que es Akeru y no esa.. Dama... porque no soportaría...

-Es ella, te lo aseguro.

La voz de Kurayami haciendo esa afirmación fue como un dulce abrazo de amigo. Vlad, ya no estás solo, pensé agradecida. Desde ahora tendrás la amistad del Primero, que no es poco...

-De todas formas, deberíamos estar atentos. Lo que ha hecho Akeru no lo había hecho nunca antes nadie y no sabemos que puede pasar en un futuro.

Era Hikarí quien hablaba, mi dulce Hikarí. Parecía estar recuperado del todo, pero oirle me hizo recordarle inconsciente a mis pies, sobre la nieve helada, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

-Tienes razón. ¿Me ayudarás?

En realidad, Kurayami le estaba pidiendo que volviese a casa, con nosotros. ¡Porfavorporfavorporfavor! ¡Di que si!

-Por supuesto.

Me adormecí contenta. Hikarí volvía a casa para poder vigilarme... Un momento. ¿Vigilarme? ¿Por qué demonios tenian que..? Me levanté de la cama y salí de la habitación. Los tres estaban en salón, sentados.

-¿A qué viene eso de vigilarme?- dije bastante enfadada-¿Os salvo la vida a los dos y me lo pagáis así, hablando a mis espaldas de vigilarme? ¿Qué os habéis creido?

Se hizo un silencio bastante molesto mientras se miraban y por fin, estallaron en carcajadas.

-No hay dudas, chicos. Esta es mi Akeru -dijo Kurayami y se levantó para abrazarme mientras los otros dos seguían riendo.

-Desde luego, por un instante pensé que nos pegaría- dijo Hikarí entre carcajadas.

-Sois muy graciosos, los tres - gruñí mientras me deshacía del abrazo-. Por un instante he deseado hacerlo...

Me uní a las risas; al fin y al cabo, todo había salido bien, ¿no?

sábado 16 de mayo de 2009

-115-


En cuanto Kurayami me sacó de la terraza nevada empecé a gritar y debatirme. Quise escapar, aunque no se de que. Tuvieron que ayudarle para impedirme salir a la mañana, pero no lo consiguieron. Me escapé de entre sus brazos y salí a la terraza iluminada por el sol. Recuerdo el grito de horror que salido de su garganta mientras yo me encaramaba por la enredadera primero y la pared después hasta llegar a lo alto del edificio.

-La has perdido- le dijo Aquiles, sentado en el suelo y con la cara amoratada por los golpes recibidos de los puños de Kurayami-. Akeru ya no existe. Se bebió toda la sangre de la Doncella y ahí es donde radica su poder. La Doncella expulsará su alma y se apoderará de su cuerpo -se rió, con una risa carente de alegría-. La próxima vez que la veas, ya no será tu amor, ja ja ja ja. Así que no importa donde me encierres, porque ella me encontrará y me liberará...

Tardé en recordar lo que había hecho durante los dos días que estuve desaparecida. Había vagas sensaciones que tardé en saber que eran reales y no soñadas: el calor del sol sobre mi piel, el frescor de la nieve en mis pies, el hambre golpeándome el alma y no ser capaz de saciarla...

Desperté en el ático de Kurayami dos días después, sucia, cansada y aturdida. Al principio no reconocí el lugar, pero olí su aroma y lo identifiqué en seguida: había estado durmiendo abrazada a su ropa, aferrándome a él con cuerpo y alma.

No tenía ninguna señal de los efectos del sol sobre mi cuerpo, ni de las bajas temperaturas, a pesar de haber andado por ahí practicamente desnuda, tal y como estaba en la terraza cuando...

Kurayami.

No recordaba qué había sucedido después de atacar la Doncella y clavarle los colmillos. No lo recordaba. Me levanté de la cama de un salto y fui directa al telefono más cercano, el del comedor. Marqué el número del movil de Kurayami con las manos temblandome de miedo, con un montón de terribles imágenes en mi mente. Cuando oí su voz las fuerzas me abandonaron, me dejé caer al suelo y empecé a llorar con el auricular en la oreja. Solo pude decir una frase, entre hipos y lágrimas de alegría:

-Ven a buscarme, por favor...

Oí su voz hablandome a través del aparato pero se me cayó de las manos y no fui capaz de recogerlo. Me dejé caer de lado sobre la moqueta, acurrucada en posición fetal, sin ser capaz de dejar de llorar, mirandome las manos sucias de sangre seca, sudor y tierra. Así me encontraron cuando, diez minutos más tarde, aparecieron Kurayami, Hikarí y Vlad.

Kurayami no lo dudó ni un instante. Me abrazó con fuerza y yo me acurruqué en su pecho, tremendamente aliviada al verle, al verles, y saber así que todo había terminado bien.
-Mi amor- me dijo-. Creí que te había perdido.

Rodeé su cintura con mis brazos y volví ahundir mi cara en su pecho, buscando su consuelo.

-Me perdí- le dije sin saber bien lo que decía-, pero tu me encontraste.

No creo que entendiese a qué me refería, pero no me importó. Dormir aferrada a su ropa fue como un ancla que me mantuvo en este lado de la cordura, ahora lo se, pero entonces aún no lo sabía. No sabía lo cerca que había estado de darle la razón a Aquiles.

Me llevó en brazos hasta el baño y me lavó como si fuese una niña pequeña; después me metió en la cama para que durmiera y descansara. Yo no tenía sueño, pero acepté sus mimos y por una vez hice lo que me pedía sin protestar. Cuando salió de la habitación yo agucé el oído y les oí hablar.

domingo 10 de mayo de 2009

-114-


Cuando vi saltar a Kurayami completamente recuperado, casi lloro de alegría y agradecimiento; y cuando vi a Vlad acompañado de Yasu entrar como salvajes, gritando como locos, estuve tentada, durante una milesima de segundo, de dejarles la pelea a ellos para ocuparme de Hikarí, que aún yacía inconsciente a mis pies mientras la luz del sol empezaba a romper la noche. Pero la Doncella se giró, me dio la espalda y yo ya no pensé más.

Me abalancé sobre ella como la araña sobre lamosca pegada a la tela y clavé mis colmillos en su yugular. Bebí su sangre mientras ella intentaba deshacerse de mi abrazo, pero no me dejé. Me aferré a su cuerpo con más fuerza, redeándola con mis brazos, utilizando todo el miedo, la rabia y el dolor que ella nos había causado y no aflojé mi presa ni un solo instante. Bebí y bebí y bebí sin detenerme durante toda una eternidad llena de maldad y dolor, y mientras me bebía su inmortalidad era consciente que la vida se le escapaba a cada sorbo, que si seguía acabaría matándola, y eso me alegró y me reconfortó, pues su muerte estaba más que justificada; muchas almas serían liberadas aquella madrugada en que desangré a una diosa hasta convertirla en polvo entre mis manos, mientras la razón huía de mi alma y la locura se apoderaba de mi...

Kurayami sometió facilmente al cabarde de Aquiles y Vlad y Yasu hicieron lo propio con Ekaterina. Más vampiros acudieron al reclamo de los gritos y rápidamente se hicieron cargo de la situación. Encadenaron a Aquiles y a Ekaterina con cadenas mucho más pesadas que las de hierro y entraron a Hikarí a resguardo del sol que ya empezaba a iluminar el cielo con su resplandor. Kurayami me cogió entre sus brazos y me entró a mi también.

No se por qué soy tan especial, tan distinta a los demas, pero es hora que lo acepte. Maté a una diosa, alguien que se suponía que no podía morir. Llevaba pisando esta tierra mucho más siglos que Kurayami y yo había podido con ella. ¿Cómo? No lo se y quizá nunca lo sepa. Puede que no quiera saberlo.

Doy gracias porque esta vez no reviví ningún recuerdo. No hubiera soportado ser testigo de la existencia de la Doncella; tener su memoria grabada en mi mente -como me pasó con Kurayami- me provocaría pesadillas constantemente. No, lo que quiero es olvidar.

martes 5 de mayo de 2009

-113-



Cuando Vlad volvió al bar después de vomitar -no entendía el aguante de Akeru- ella ya no estaba. Se preocupó, desde luego. Estaba hecha polvo, bastante desesperada, y encima borracha. ¿Quien podía adivinar qué extrañas ideas podían ocurrírsele? Decidió esperar un rato por si volvía pero pasada media hora fue evidente que eso no iba a ocurrir. Le preguntó al barman y este le dijo que se había ido cogidita de un rubio bajito y fornido. Supo en seguida que era Aquiles, uno de los Siete, el más pedante, estúpido y gilipollas de los Siete. Lo sabía bien, le había tratado muchas veces. ¿Qué querría de ella?

Volvió a la fiesta pensando que los encontraría allí, pero no estaban. Los buscó; había algo, una vocecilla -¿quizá contagiada de paranoia?- que le susuraba al oído que algo malo estaba ocurriendo... ¡Maldita sea! ¡Y maldita Akeru, coño, también! Esa muchacha se le había metido muy adentro y ahora no podía dejarla tirada. ¿Era eso la amistad? Apenas podía recordarlo porque hacía tanto que no tenía un amigo...

Preguntó en recepción y por fin sacó algo en claro: habían subido en el ascensor. La cuestión era adivinar a dónde.

Fue a la suite de Kurayami. Llamó insistentemente pero no contestó nadie. Abrir la puerta cerrada con llave no le costó ningún trabajo; tenía que asegurarse que esta realmente vacía. Por un momento pensó que sería bochornoso encontrárselos en pleno juego, pero no tenía otro remedio si quería callar la jodida vocecilla. Pero no sirvió de nada porque no había nadie allí.

Volvió sobre sus pasos, aún más alarmado que antes. Camino del ascensor se cruzó con Yasu. Alto, delgado, con su cabeza completamente afeitada y las cejas repletas de pendientes; a esa hora, y aún estaba sobrio. Un vampiro un poco raro...

-¿Que ocurre, Vlad?- le preguntó extrañado por la agitación -casi desesperación- que transmitía su rostro. Hacía mucho que se conocían, incluso habían compartido cama unas cuantas veces, y sabía que Vlad no solía desesperarse fácilmente. Vlad le miró tan sumido en sus propios pensamientos que al principio ni le reconoció. Tuvo que parpadear un par de veces hasta poder ponerle nombre a esos ojos que le miraban.

-Yasu...- dijo en un susurro-. Me alegro de encontrarte. Ven, puede que necesite tu ayuda... aunque todo puede que sea pura paranoia.

Le cogió de la mano y le metió en el ascensor a la fuerza. No contestó a su pregunta y Yasu no volvió a preguntar.

El ascensor tardó una eternidad en subir los dos pisos y Vlad pensó que hubieran llegado antes -corre, corre- por las escaleras. Por fin la puerta se abrió y caminaron en silencio hasta la puerta de la habitación de Aquiles. Vlad puso la oreja y escuchó.

-¿Estas preparado para pelear, Yasu?- le preguntó con una sonrisa tan amplia que ocupaba casi toda su cara, y sin esperar respuesta, abrió la puerta como antes había hecho en la suite de Kurayami y entró corriendo y gritando como hacia antaño en el campo de batalla, cuando el turco era el enemigo y la sangre regaba los campos quemados.

jueves 30 de abril de 2009

-112-


Se despertó en esta habitación, con el sabor de la sangre de Akeru en la boca y la ventana ¿arrancada? ¿Cómo había llegado hasta allí? O mejor dicho, ¿quién le había llevado hasta allí? Intentó moverse, levantarse, pero el cuerpo aún le pesaba demasiado y no le respondía... No tenía ni idea de qué le habían inyectado, pero su cuerpo estaba peleando por liberarse de ello de forma natural, aunque no era suficiente. Le habían dado de beber sangre y eso estaba ayudando -probablemente Akeru, pero ¿cómo?-, y ahora le tocaba a él acelerar el proceso de eliminación, concentrarse profundamente en lo que quería conseguir para lograrlo. En pocos segundos pudo moverse; sus músculos respondieron sin ningún problema y aunque al principio le costó mantenerse en pie, cuando llegó a la ventana ya estaba prácticamente recuperado, milagrosamente restablecido.

Cuando se asomó, vio y oyó algo que le heló la sangre. Akeru estaba en la terraza, con Hikarí en el suelo a sus pies, inconsciente sobre la nieve. Pretendía enfrentarse a la Doncella -maldita sea siempre- y a los dos traidores solo con sus manos desnudas. No podía permitirlo. Pasara lo que pasara, pelearían juntos. Así que saltó.

sábado 25 de abril de 2009

-111-


Si antes las entrañas se le habían retorcido, ahora simplemente lo estaban desgarrando. Sintió auténtico pánico, un terror inimaginable que hacía milenios que no experimentaba. Verla de nuevo, exactamente igual a como la recordba... No, espera. Esas finas arrugas en su cara no estaban antes, y sus manos también habían envejecido. No, no era tan poderosa como antes, pero ¿eso importaba? El día que siempre había temido que llegara acababa de caérsele encima con todo su enorme peso y estaba aplastándolo. La Doncella acabaría con él: igual que lo había creado, podría destruirlo. Pobre Hikarí, pillado en medio de esta guerra, parecía que iba a acompañarlo en su destino, sea cual sea éste. Sólo esperaba que por lo menos Akeru se mantuviese a salvo, porque él ya se había rendido. Las lágrimas se deslizaron por su cara.

-Mi pequeño Venganza...

La Doncella le besó en la boca. Tenía los labios fríos como la muerte, desagradables y bajo el olor a tomillo y romero que siempre la acompañaba, Kurayami percibió por primera vez, el olor putrefacto de la destrucción.

-¿Estas llorando por mi? No, creo que no...

Se rió, con esa risa fría y vacía que él recordaba. ¿Cómo podía haberla amado alguna vez?

-Creíste que podrías relegarme al olvido, pequeño Venganza, pero ya ves que no. Te he dado mucho tiempo para que cumplieses con lo que esperaba de ti, pero no vas a hacerlo ¿verdad? Te has estado escabullendo durante demasiado tiempo, así que he decidido acabar contigo y sustituirte. Aquiles y Ekaterina, tus hijos, se encargarán de ese trabajo. ¿Te preguntas cuál es o te lo imaginas?- Kurayami no podía hablar, su cuerpo seguía inmovilizado por lo que fuese que había bebido junto al whisky, pero su mente, clara y precisa, sabía perfectamente a qué se refería, y se estremeció solo con imaginar lo que ocurriría si la Docella se salía con la suya... - ¿Sabes cuál es el verdadero poder en este mundo? La religión; pero no esta religión aguada que practican los humanos hoy en día, desvirtuada por conceptos tan estúpidos como los "derechos humanos". Me refiero a las antiguas religiones, con ritos sangrientos, sacrificios humanos que se hacían en mi honor por todo el mundo. Mis nombres han sido múltiples a lo largo de la Historia; nómbrame una diosa cruel y seré yo. ¿Y a qué he quedado relegada? ¿Que sacrificios me ofrecen hoy en día? ¡Gallos! Esas minúsculas y estúpidas aves que ni siquiera son capaces de volar. ¡Quiero sacrificios humanos! ¡Alimentarme de sus almas hasta reventar! Pero no, tú tenías que descubrir cómo alimentarte sin matar ¡quitarme mi pan de la boca! Tu única misión era matar, beber toda la sangre de tus víctimas hasta matarlas y pensar en mi cada vez que lo hacías, y así ofrecerme sus almas. Pero resultó que Venganza descubrió su conciencia y decidió joderme, ami, a su madre, a quien le dio la vida eterna... Por eso puse a Ekaterina en tu camino, tan hermosa, tan parecida a mi... ¿Te sentias muy solo, verdad, cariño? y ella era tan inocente...¡Fue tan fácil hacer que os encontrárais! Y más fácil aún fue hacer que los aldeanos os atacaran. El miedo es como una mala hierba: necesita muy poco para echar raices en la tierra y todo el pueblo tenía el corazón bien abonado... Cuando vi la carnicería que hiciste pensé que lo había logrado, que había despertado la locura que anida en ti y que me sirvió tan bien durante los primeros siglos en que vagaste como un animal. Pero me equivoqué. Doña conciencia te salvó de nuevo, así que me obligaste a trazar otro plan... Aún no estaba preparada para renunciar a ti, y utilicé a Ekaterina de nuevo. Ella debía enloquecerte, hurgar constantemente en tus heridas y lo estaba haciendo muy bien hasta que apareció esa mosquita muerta de Akeru. No entiendo qué extraño poder guarda que ha conseguido liberarte de la culpa que se habia apoderado de tu alma y que arrastrabas cada día con más dificultad, pero me da igual-. Ekaterina se acercó llevando una jeringa en lamano y le inyectó el contenido en el cuello, sin que Kurayami pudiese impedirlo-. Esto te dejará sumido en un profundo sueño durante horas, querido. ¿Quieres saber qué haremos a continuación? Os pondremos a los dos en la terraza. Dentro de un par de horas amanecerá y tu cuerpo se consumirá con los rayos del sol, quemarán tu carne como si fueses un filete... y lo que quede al anochecer, lo cortaremos en pedacitos y te repartiremos por todo el mundo, en pequeños paquetitos, como un nuevo Osiris... ¿Crees que tu Isis te buscará para reconstruirte como un puzzle? Pues no creo que pueda...

No puede matarme, pensó Kurayami. A pesar de su poder no puede matarme. Los ojos se le cerraban, los párpados pesaban tanto que no podía mantenerlos abiertos. Sólo podía dar gracias por que Akeru no estaba allí... ¿Qué pasaría con ella ahora? ¿Qué..? Lo último que oyó antes de caer en la más oscura inconsciencia, fue a la Doncella ordenar a Aquiles que buscara a Akeru.

-Aun no tengo claro qué haré con ella, pero seguro que será sonado...

lunes 20 de abril de 2009

-110-


Kurayami abrió los ojos poco a poco. En su boca permanecía el sabor de la sangre de Akeru y se extrañó: no recordaba haberla mordido. En realidad, no recordaba nada desde... la copa que tomó con Aquiles después de la reunión. Quería pedirle explicaciones sobre su comportamiento, saber por qué no le había advertido de lo que estaba haciendo Akeru, y pensaba utilizar todo su poder para sacarle la verdad porque no lo veía claro. Hacía tiempo que sobre el griego notaba una especie de bruma lechosa cada vez que intentaba penetrar su pensamiento. Por eso, cuando todos se fueron, le pidió que se quedase. Y de repente recordó lo sucedido.

Aquiles sirvió dos vasos de whisky de la misma botella y le ofreció uno a Kurayami. Bebió un largo trago, saboreándolo, y se sentó en uno de los sillones.

-Tu dirás, Kurayami- le dijo mientras hacía girar el vaso sobre sí mismo entre sus manos.

-¿Por qué no me advertiste de lo que pretendía Akeru?

-Porque no creí que fuese importante ni necesario.

-En lo que se refiere a ella, soy yo quien ha de decidir lo que es importante y lo que no.

-Vaya, ¿te estas volviendo humano? No pensé que fueses su dueño. Que yo sepa, Akeru es libre de hacer lo que le venga en gana.

-Y hace lo que quiere; pero sabes perfectamente que debo ser informado de sus movimientos.

-¿Qué ocurre, amigo? ¿De qué quieres protegerla?

Kurayamii se bebió el whisky del baso de un trago y observó a Aquiles. No podía confiar en él. Esa nube que oscurecía su pensamiento estaba ahí y no era capaz de penetrarla. Ni siquiera hubiera aceptado el whisky que le ofreció si no se hubiese servido de la misma botella...

-Eso es asunto mío.

De pronto notó que las fuerzas le fallaban. Su cuerpo se volvió pesado; el vaso se le cayó de las manos y él mismo hubiese ido a estrellarse contra la alfombra si Aquiles no le hubiese sostenido.

-¿Que?- intentó hablar pero ni siquiera la lengua le respondía. A fin de cuentas, el jodido whisky llevaba algo.

-Tranquilo, padre- le susurró Aquiles al oído-. Alguien quiere hablar contigo.

Ese "padre" le retorció las entrañas. La rabia y el odio que destilaban cada una de las letras escupidas se le clavaron como agujas en el corazón. ¿Por qué?¿Por qué?

Aquiles le sentó en el sillón que había ocupado hasta hacía unos segundos, lo giró hasta encararlo contra la pared y se agachó a su lado.

-Fíjate bien porque por ahí aparecerá alguien que tiene muchas ganas de verte...

En la pared empezó a abrirse una puerta mágica, una grieta gris plateada muy brillante que fue ensanchandose hasta ser lo suficientemente grande para que Ekaterina la cruzase llevando a un Hikarí inconsciente en sus brazos. Detrás de ella, cruzó la Doncella.

miércoles 15 de abril de 2009

-109-


Me dolían las heridas provocadas por la escalada y tenía la cara algo hinchada por los bofetones de las dos zorras. Estaba asustada y empezaba a tiritar de frío. Las huellas de mis pies coloreaban de rojo la nieve que pisaba. El dolor, las heridas, el frío y la sangre que había dado de beber a Kurayami, me habían debilitado, pero me negué rotundamente a rendirme.

Me agaché al lado de Hikarí. Había empalidecido mucho desde la última vez que estuve con él; su piel, siempre calentita y agradable, estaba fría, muy fria. Un sollozo de desesperación peleó por subir por mi garganta pero se lo impedí. Ya habría tiempo para las lágrimas, cuando todo terminara. Lo agarré fuerte de los brazos y lo icé hasta mi hombro, igual que había hecho con Kurayami, y estaba esforzándome por levantarme cuando la puerte de la terraza estalló en pedazos con un grito de rabia y por ella aparecieron los tres cerditos.

Mierdamierdamierda.

-¡Tú, maldita larva recién transformada! ¿Quién te has creido que eres?-gritó Ekaterina, aunque lo que escupió su boca, además de los dientes que le había roto antes, fue algo así como "du, bardida laba decien dafomada, guien has greido gue ede." Me hubiese echado a reir si la situación no hubiese sido tan delicada.

Apenas tuve tiempo para pensar qué hacer. La enredadera quedaba descartada por varios motivos: estaba demasiado lejos, los tres tenores diabólicos me obstaculizaban el camino y era imposible encaramarme rápidamente cargando con Hikarí y, lo más importante, debía desviar su atención del lugar donde estaba Kurayami para mantenerlo a salvo. Sólo me quedaban dos opciones: huir saltando de la terraza con Hikarí a los hombros, arriesgándome a romperme la crisma porque eran cuatro plantas hasta la calle, algo que nunca había hecho y no sabía si mi cuerpo lo resistiría por vampiro que fuese, rezando porque me siguiesen y no se fijasen en la ventana arrancada del piso superior; o quedarme y enfrentarme yo sola a ellos, algo estúpido e inútil, practicamente un suicidio.

Bueno, si hay algo que el amor hace con nosotros es volvernos estúpidos, así que dejé a Hikarí en el suelo de nuevo y me propuse plantar cara al trio de reinas esperando armar suficiente follón como para llamar la atención de alguien. Si algún otro vampiro de los que estaban reunidos en el hotel se percataba de lo que ocurría, quizá, solo quizá, tendría una oportunidad.

-¿Crees que no se quien eres, puta pelirroja?- le espeté a la Doncella dando rienda suelta a toda la furia que sentía-. ¿Crees que no se quien es Kurayami? ¡Bebí su sangre, hija de puta, y viví su vida a tu lado! ¡Crees que no se nada y lo se todo! ¡Todo! ¡El dolor que le causaste, como le manipulaste y le utilizaste, como destrozaste su vida, su cuerpo y su corazón! ¡Aún oigo tu risa salvaje taladrándome los oídos! ¿Crees que voy a permitir que vuelvas a hacerle daño?

-¡No le hables así!- gritó Aquiles.

-CIERRA - TU - PUTA - BOCA - DESGRACIADO.

Se que voy a caer en un tópico con esto que voy a contar, pero fue como si otra persona tomara el control de mi cuerpo y pronunciara esas palabras, alguien mucho mas salvaje y violento que yo; aunque esa sensación puede no ser más que mi rotunda negativa a admitir que en mi parte más oscura hay un yo con una enorme sed de sangre, prácticamente incontrolable, capaz del más feroz salvajismo cuando se ve acorralado. Me sentí como una osa, grande, enorme y muy cabreada, y rugí con toda la fuerza de mis pulmones y mis cuerdas vocales.

Entonces ocurrieron varias cosas a la vez.

lunes 6 de abril de 2009

-108-


Debía asegurarme que mi intuición era cierta y que estaban en la terraza pero, ¿Cómo? Quizá sí... Me levanté decidida y me encaminé hacia la puerta de mi derecha.

-¿A donde crees que vas?- me preguntó Kat con aires de marquesa.

-A mear- le contesté. Teniendo en cuenta la cantidad de alcohol que me había metido entre pecho y espalda, la afirmación no era del todo mentira.

-Te acompaño- me dijo. Primero pensé "mierda", pero la vampira traviesa que se esconde dentro de mi saltó de alegría. Caminé tambaleándome hacia la puerta y entré en el dormitorio. El baño estaba a la izquierda y hacia allí me dirigí seguida por la pelirroja. Allí estaba lo que buscaba: la ventana. Le pedí que entrara y que por favor cerrara la puerta mientras hacía el gesto de sentarme en la taza del W.C. y cuando estuvo de espaldas, cumplí uno de mis sueños más sangrientos: la agarré por la nuca con mis dos manos y estrellé su cabeza contra la pared una, dos, tres veces, hasta que su cara quedó destrozada y la pared pintada de rojo. Cayó al suelo como un saco de patatas pero no me paré a mirarla. Si estaba equivocada y no estban en la terraza, lo que acababa de hacer podía costarme muy caro.

Arranqué la ventana de la pared y me asomé. Había nevado durante la noche y todo estaba teñido de blanco. La terraza quedaba cerca; me encaramé como un gato y salté.

Gracias al cielo no me había equivocado. Hikarí y Kurayami estaban en el suelo, inconscientes, medio enterrados por la nieve. La única mágia que habían usado con ellos era la farmacológica. Los habían atiborrado a sedantes y dejando a la intemperie para que el sol les jodiera bien. Así que después de todo la Doncella estaba tan jodida como a mi me había parecido.

Bien, el siguiente paso era ponerlos a resguardo. Aún era de noche, pero se olía en el aire que el sol no tardaría en asomar la jeta, así que tenía que darme prisa. Durante los minutos que siguieron di gracias mil veces por los extras que vienen junto al paquete "vampirismo".

Las habitaciones de los pisos superiores no tenían terrazas, sólo ventanas. Una enredadera -gracias, gracias, gracias, oh, señor, por tal regalo- subía perezosamente por la fachada, agarrándose con fuerza. Me colgué a Kurayami del hombro como si fuese un fardo y me encaramé por la enredadera como si fuese la mujer araña, hasta el piso de arriba. No fue fácil y me desollé la piel de manos, brazos y piernas, pero no me importó en absoluto; sólo tenía un pensamiento en la mente: ponerlos a salvo.

La ventana más cercana estaba cerrada, así que tuve que romperla -¿le cobrarían los destrozos al pobre Vlad?- para poder entrar y dejar a Kurayami sobre la cama. Tenía ganas de llorar pero me aguanté. Kurayami se removió inquieto. ¿Podía ser que reaccionase al olor de mi sangre? Acerqué mi mano desollada a su boca y dejé que sorbiera con ansia la sangre que manaba de mis heridas abiertas, esperando que eso le hiciese reaccionar y volviera en sí. Pero el amanecer se acercaba cada vez más, él no se movía y Hikarí seguía en el suelo de la terraza...

No podía esperar. Volví a la ventana y salté.

lunes 30 de marzo de 2009

-107-


Sí, lo se. Teniendo en cuenta mi situación, no hubiese debido ir provocando de esa manera, pero no puedo evitar sacar mi vena sarcástica en todo momento, sobre todo cuando estoy nerviosa.

Me dió un revés en la mejilla que tenía sana y me encontré de nuevo en el suelo. Volví a levantarme siguiendo con la comedia de la borrachera. Me enredé con la falda -no fue a propósito- y casi me caigo de nuevo. Aquiles me cogió entre sus brazos y me sostuvo.

-¿Te importa si me quito esta ropa?- le dije. Aquiles sonrió mostrando sus dientes blancos. Cabrón.

-A mi no me importa.

-¿Me ayudas? Por la cintura hay varios lazos...

-Sé cómo se quitan estas faldas, querida...

Vaya. Me convertí en querida, y yo sin saberlo... Deshizo los lazos con maestría y cayeron al suelo, una a una, las varias capas de falda y enaguas; me quedé medio desnuda, solo con el corpiño y unas bragas de la época, con lacitos incluidos, y las medias. Los zapatos habían desaparecido hacía rato.

-¡Uy, mira, si tengo piernas! - grité con la alegría de un niño que acaba de encontrar su juguete favorito perdido.- ¡Y se mueven! Oye, ¿dónde está Kurayami? Dijiste que me buscaba...

-No te preocupes, querida. En seguida viene.

Volvió a sentarme en la silla y se apartó. Yo me estaba poniendo nerviosa. ¿A qué estaban esperando? Ahí tenía a los tres conspiradores y lo único que hacían era nada. ¿Por qué? ¿Que estaban tramando?

De pronto, lo supe. Los tenían en la terraza y estaban esperando el amanecer. Por eso las puertas y las persianas cerradas a cal y canto tan pronto, cuando a todos nos gusta disfrutar del cielo estrellado hasta el último momento... El sol no los mataría, pero los debilitaría mucho. A saber si... La Doncella había sido muy poderosa, pero tantos siglos escondida, sin apenas alimentarse, gran parte de su poder había desaparecido; pero lo que quedaba aún era impresionante y terrible.

Kurayami siempre ha afirmado con convicción que este tipo de seres se nutren de la fe y los pensamientos que los otros seres vivos le dirigen. A la Doncella le encantaba devorar almas; así se alimentaba cuando Kurayami fue Venganza. Él y Muerte eran su mano ejecutora; cuando llegaba el momento de cumplir lo pactado, la Doncella les enviaba a arrebatar la vida al inconsciente que le había vendido su alma a cambio de poder y riquezas, otorgadas y conseguidas a costa del sufrimiento de los inocente. Tiranos que cuando les llegaba la hora lloraban y suplicaban. Un cristiano diría que es el mismo diablo, pero os aseguro que no tenía cuernos ni rabo.

Con tanto poder aún en sus manos, ¿no sería capaz de doblegar primero, y matar después, a un Kurayami cogido por sorpresa? Me imaginé terribles conjuros y extraños hechizos invocados por la Doncella y a Kurayami cayendo impotente en su red.

Debía hacer algo pero, ¿qué? ¿Qué podía hacer yo sola contra ellos tres?

martes 24 de marzo de 2009

-106-


Ekaterina me golpeó con el dorso de la mano y me tiró de la silla. Me levanté tambaleándome; el vestido -esa enorme falda con sus subsiguientes capas de enaguas- me ayudó a parecer aún más torpe. Giré sobre mí misma, como el perro que intenta morderse la cola, y eché un vistazo a toda la habitación. No había nadie más.

Era una suite como la mía; un salón enorme con un sofá, televisión, una mesa, un mueble bar, algunas sillas... Dos puertas enfrentadas en paredes opuestas, supuse que conducirían a los dos dormitorios. La puerta de la terraza estaba cerrada, la persiana bajada y las cortinas echadas. "Debe acercarse el amanecer, pensé, ¿Donde coño están Kurayami y Hikarí?"

-Siéntate- me dijo Aquiles cogiendo mi codo y obligándome a sentarme en la silla de nuevo de forma un tanto brusca.


COSAS URGENTES QUE HACER

1.-Localizar a Kurayami y a Hikarí.

2.-Quitarme este engorro en forma de falda para poder moverme sin miedo a tropezarme conmigo misma.

3.-Darle una patada en el culo a este griego gilipollas.

-Así que es por ti que Venganza ha perdido la cabeza...

La Doncella se acercó a mi y me miraba con condescendencia, como si fuese un pobre perro desvalido a punto de ser sacrificado. Empecé a rascarme la cintura con ganas y decidí hacerme la ignorante. Nadie excepto Hikarí conocía los sucedido hacía un año y dudaba mucho que le hubiese contado nada a Ekaterina. Así que me arriesgué.

-¿Quien es Venganza? Y tu, ¿quien coño eres?

Arrastré tanto las letras que casi no me entendí ni yo misma. La Doncella se rió y me dió la espalda, contoneándose como una furcia. "Espera a que esta gata saque las uñas, pensé, te voy a hacer una cara nueva."

-Pobre idiota, ni siquiera sabe quién es Kurayami...- Se giró y me gritó a dos dedos de mi cara- ¡Kurayami es mío, maldita zorra!

Arrugué la nariz y me abaniqué con la mano.

-Egs, te huele el aliento, tía. ¿Que coño has comido?- le dije.

martes 17 de marzo de 2009

-105-


Hay voces que quedan grabadas en nuestro subconsciente como si fueran de hierro candente. Pueden proceder de un antiguo recuerdo infantil, de un sueño olvidado; o de un recuerdo reciente, ahogado por la angustia o apartado por la razón. Cuando alguna de esas voces regresa, nos desconcierta recordarla, pero sobre todo, duele reconocerla.

Reconocí las voces, todas y cada una de ellas; las había oído en mis noches de pesadilla, cuando me despertaba aterrorizada sabiendo que iba a perder aquello que más quería pero sin saber cómo evitarlo. Entonces no sabía a quién pertenecían, no lo tenía nada claro... eran sonidos fantasmas que apenas comprendía, sin palabras reconocibles, sólo fonemas insulsos sin ningún significado.

Allí estaba Ekaterina, por supuesto. En mis pesadillas estaba presente, la única cara identificada, la única presencia que no me sorprendió.

También estaba Aquiles. Eso dolió, y mucho. Me había refugiado en él en busca de ayuda, le había confiado mis miedos y entregado mi confianza. Se había burlado de mi y estaba traicionando a Kurayami.

La tercera voz era la que había grabado en mi mente hacía un año exacto; una voz dulce como la miel, intensa como la canela y venenosa como el arsénico. Una voz que procedía del pasado más remoto y que yo había escuchado temblando de miedo cuando viví la vida de Venganza... Era la voz de la Doncella.

-Parece que la putita se ha despertado- dijo refiriendose a mi con su voz musical como quien diría "qué día tan magnífico hace".

Yo aún no había abierto los ojos. El dolor de cabeza había remitido y estaba intentando averiguar en qué condiciones mentales y físicas estaba cuando me levantaron del suelo sin ninguna contemplación, cogiéndome del corpiño como si fuese un gato, y me sentaron en una silla. Abrí los ojos. Estaba entera y la borrachera había huído gracias a Dios. Nadie se había tomado la molestia de atarme; supongo que pensaron que era inofensiva.

-¿La pequeña borrachita está de vuelta?- me dijo Ekaterina acercando su cara a la mía.

Eructé. No pude -ni quise- aguantarme las ganas. Eructé en su cara a lo Barney, uno de esos eructos cerveceros que nacen en la base del estómago y se deslizan por la garganta hasta llenar la boca con un estruendo tormentoso. Después sonreí como una estúpida. Que pensaran que seguía borracha.